martes, 12 de agosto de 2014

El presunto entregador de Ignacio/Guido

El gran bonete

Francisco Aguilar fue candidato de Unión-PRO en 2007. Ninguno de los integrantes de lo que fue ese espacio se hace cargo.

 Por Werner Pertot

El presunto entregador de Ignacio/Guido Montoya Carlotto, Francisco Aguilar, fue candidato suplente a concejal por la lista de Unión-PRO en 2007, cuando Mauricio Macri y Francisco de Narváez eran aliados. ¿Cómo llegó a formar parte de esa lista? Desde los partidos que integraron esa alianza se pasaron la pelota: nadie se quiso hacer cargo de la presencia del presunto entregador. “La séptima sección electoral (Olavarría) la armó De Narváez”, lanzaron desde el PRO bonaerense. Desde otro sector, indicaron que los integrantes de la lista eran cercanos a la diputada macrista Gladys González, quien dice que no tuvo nada que ver. Página/12 conversó con quien encabezó esa lista como candidato a intendente, el empresario rural Julián Abad, quien dijo que lo conocía de la Sociedad Rural local. “Se acercó como un vecino más”, intentó minimizar.

Aguilar es una de las figuras clave de una de las líneas de investigación por las que se intenta determinar cómo llegó a Olavarría el nieto de Estela de Carlotto. El empresario rural sería dueño del campo donde se crió Ignacio/Guido, tenía un lazo muy cercano con las Fuerzas Armadas, fue presidente de la Sociedad Rural local, del club Estudiantes y del Centro de Equitación de Olavarría. Su incursión en la política partidaria fue en 2007, bajo la escudería de la alianza Unión-PRO. Falleció en marzo de este año y poco después el nieto recuperado se enteró de que no era el hijo biológico de los peones rurales que lo criaron.

En 2007, Aguilar entró a la sede de Unión-PRO, que habían inaugurado frente al municipio, junto con el resto de los candidatos. “Nos sentimos identificados con estos empresarios que deciden saltar a la política. Nosotros estamos haciendo lo mismo”, dijo Abad, candidato a intendente por esa lista en 2007. Tanto él como Aguilar eran empresarios rurales.

Conocidos los antecedentes de Aguilar en el caso Carlotto, entre Unión Celeste y Blanco y el PRO comenzaron a pasarse la responsabilidad por el armado de aquella lista como si fuera una papa caliente. “En la séptima, las listas las armó De Narváez”, fueron tajantes en el macrismo bonaerense. La pelota pasó al lado de De Narváez. En el espacio del Colorado no quisieron sumarse al mismo juego. Pero una fuente del peronismo de Olavarría destacó que aquella lista fue armada por la diputada macrista. La pelota volvió al lado del PRO.

“Esa lista fue armada para que entrara como concejala Carola Patané, la amiga de Gladys González. Los que la integraron eran gente de confianza de ellos”, sostuvieron desde el peronismo local. “No participé del armado en la provincia. Era directora del Banco Ciudad en 2007”, contestó González a la consulta de este diario. Sí confirmó su relación con Patané.

“Luego de que ganó Patané, Abad quiso ser candidato a diputado en 2009 y no lo dejaron. Le agradecieron por los servicios prestados y lo borraron de un plumazo. Terminó siendo funcionario del intendente José Eseverri”, indicó el dirigente del peronismo local. Eseverri actualmente forma parte del Frente Renovador. En diálogo con este diario, el ex candidato Julián Abad recordó que Macri no fue a Olavarría a apoyarlo, pero sí De Narváez. Sobre la participación de Aguilar, consideró que “se sumó como un vecino más. Venía de la Sociedad Rural. Nos conocíamos de ese ámbito. Fue una participación en la política local”.

La abuela Tenchi

La abuela Tenchi

Ignacio/Guido Montoya Carlotto, el nieto de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, difundió ayer, a través de su cuenta de la red social Twitter (@IgnacioHurban), una foto junto a su abuela paterna, Hortensia Ardura, con quien se encontró por primera vez el viernes último. “La abuela Tenchi... Todo felicidad. Gracias!”, escribió junto a la foto, en la que se los puede ver sonrientes, abrazados, ella en un sillón y él sentado a su lado en una silla y tomándola de los hombros. Hortensia es la madre de Walmir Montoya, pareja de Laura Carlotto, ambos asesinados durante la última dictadura.

Por que los jóvenes se acercan a las abuelas en busca de su identidad

La estrategia de la duda

El nieto de Estela de Carlotto llegó a la institución luego de campañas que apuntan a interpelar a los nacidos entre 1976 y 1983. Esas convocatorias también arman una red social y cultural que sostienen la necesidad de saber la verdad.

 Por Alejandra Dandan

La librería Insurgente de Olavarría lo cruzó varias veces con Juan Weisz, otro hijo de desaparecidos. Pasó por Música por la Identidad. Están sus tuits, uno sobre el dictador Jorge Rafael Videla, otro un 24 de marzo. Mensajes lanzados a una comunidad con la que se comparte un lenguaje. Ignacio/Guido Montoya Carlotto se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo hace menos de dos meses, pero llegó habiendo atravesado distintos espacios que lo emparentaron con su historia antes de decidirse a hacer la prueba de ADN. La noticia de su recuperación fue una ocasión para repensar esa trama: la red que generó el trabajo de las Abuelas en clave de comunicación y para rastrear las corrientes que lo arrastraron a él hasta ahí, pero que al mismo tiempo arrastraron a quienes salieron inmediatamente a festejarlo. Hubo un mensaje que llegó.

Abel Madariaga es parte de la casa de las Abuelas desde siempre. Camina por un pasillo de ida y de vuelta y otra vez de ida y de vuelta cuando se entera de que un nuevo joven fue identificado. Es un padre entre las Abuelas y encontró a su hijo Francisco en 2010. “En 1986 y luego, mientras estaban en vigencia el indulto y las leyes de impunidad, de obediencia debida y punto final, las Abuelas pensaban que al volver la democracia les iban a devolver a sus nietos, y no ocurrió. Yo ya participaba de Abuelas y escuché en ese momento a una de ellas que dijo algo que me impactó: ‘Cuando sean grandes nos van a buscar’. Cero logros tuvimos en esa etapa, pero a mí me quedó dando vueltas en la cabeza esa idea. Hará unos veinte años, un día, cuando los chicos empezaron a ser grandes, inventamos una consigna que la pusimos en un volantito que hicimos de prueba. Decía: ‘Si dudás, te esperamos con amor. Abuelas de Plaza de Mayo’. ¡Era una tirita mal impresa! Un asco comunicacionalmente, pero era lo que uno sentía. Y ahí empezamos a dar los primeros pasos.”

Los pasos evolucionaron. 1997 marcó un punto de quiebre. Cuando se cumplieron veinte años de la fundación de Abuelas, eran 59 los chicos que habían recuperado su identidad. “Cuando las Abuelas tomaron conciencia de que sus nietos habían crecido y que eso implicaba la posibilidad de contar con ellos en la búsqueda de su identidad, cambiaron la metodología de búsqueda: ya no se trataba de buscar a los niños, se trataba de acercar a los jóvenes a las Abuelas”, explica la página web de la institución.

Hubo festivales de rock, pusieron colores a los mensajes cuando el resto de los organismos de derechos humanos usaba blanco y negro y articularon con otros. Llegó Teatro por la Identidad, pero también la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida. La Justicia empezó a decir que lo que había pasado estaba mal: estaba mal torturar, desaparecer y robar niños. Otro 24 de marzo. La necesidad de llegar a los pueblitos. Telefe pasó la novela Montecristo, cuya protagonista era una joven apropiada durante la última dictadura. Llegó Música por la Identidad, Tango, el acompañamiento de futbolistas y concursos hasta por tuiter. En medio de todas esas actividades, las condenas por el plan sistemático de apropiación de niños y un juicio oral en Azul por un abogado de Olavarría asesinado durante la dictadura.

Tatiana Ruarte Britos recuperó su identidad en 1980, cuando tenía 6 años. “Está bueno ampliar la pregunta sobre cómo se llega –dice–. Guido hizo un recorrido del que hablará él, pero que haya iniciado la búsqueda al participar de Musica por la Identidad, aproximándose a su modo y finalmente, que haya sucedido esto, parece como mágico. Por eso es tan importante no sólo la bajada institucional, sino los lazos y las redes que se generan. El tenía amigos de amigos en común, estaba en el círculo.”

Esta idea de un lazo político o cultural que se fue tejiendo en estos años por el trabajo de las Abuelas también pareció oírse el viernes en la conferencia de prensa que dio el nieto de Estela de Carlotto.

Valeria Barbuto es antropóloga y representante de los organismos de derechos humanos en el directorio del Espacio de Memoria ex ESMA. “Hubo ahí algo de lo que le pasa a él, pero que al mismo tiempo nos pasa a todos –dice–. Cuando dijo: ‘Yo estoy contento por esta gente que está contenta’. Eso para mí fue impactante, verdaderamente, y creo que es una frase histórica.”

En la Casa de las Abuelas no dejó de sonar el teléfono desde el martes. Llamaron de los lugares mas raros del mundo. Se encontraron notas en diarios de Malasia, de Japón y de Sudáfrica. Llamaron de Australia. Montaron cámaras equipos de Colombia, Chile y Brasil. Entre martes y viernes por la mañana, Abuelas recibió unos 200 llamados concretos de personas con consultas puntuales sobre su identidad. El martes hubo gente en la calle. “Se vio una respuesta social muy linda, porque nunca se amontonó tanta gente en la calle y yo nunca tuve que salir al balcón a saludar”, dijo Estela. Se habló del “nieto de todos”. El viernes un periodista le dijo a Guido/Ignacio algo así como “Quiero que sepas que sos la noticia más importante que me tocó cubrir en toda mi vida”.

“Personalmente –dice Tatiana– lo que me sucedió es haber tenido la misma sensación, pero a la inversa, del momento en el que encarcelan a Videla. Me salió eso del ¡¿cómo puede ser si esto no era posible?! Y sin embargo, sí, es cierto. Se te da vuelta toda la cabeza: algo que parecía infinitamente imposible se acaba de alcanzar, y esto simbólicamente en la sociedad va a dejar una marca super importante.”

Lita Boitano vivió hace unos días algo de esa sensación en su barrio. Vive en Barrio Norte. Cada vez que va a la carnicería, el carnicero suele esperar quedarse a solas para hablar de política, pero esta vez la foto de Lita al lado de Estela había aparecido en todos lados y todo el mundo se acercó a saludarla. En ese momento, sintió que ahí, en su barrio, entre sus vecinos, hostiles a ciertos temas, volvía a recuperar su condición de “madre”: “Yo sentí que volví a ser la madre de mis hijos desaparecidos”.

En Abuelas, el tono que alcanzó estos días la celebración por la noticia de Guido fue algo que sorprendió. Un dato nuevo. El más destacado.

Manuel Gonçalves, otro nieto que hoy es parte de la Comisión Directiva de Abuelas, pone en perspectiva histórica esta sensación: “Es innegable que en los últimos diez años se ha podido hablar de la identidad como no se había podido hacer antes –dice–. A mediados de los ’90 era un momento muy distinto, era otro país, la sociedad todavía decía que los chicos se tenían que quedar con las familias que los habían criado y dado de comer. Hoy no se discute eso. Entendimos que hay que saber la verdad. Y esto tiene que ver con las Abuelas enseñando a la sociedad y al mundo entero.”

Es en ese sentido en el que llegó el mensaje. Más allá de las estrategias de comunicación, esto terminó transformándose en parte de un sentido compartido. “Las estrategias de comunicación son muy buenas, inteligentes, pero vistas en el tiempo son mucho más que eso, son una acción permanente que logró transformaciones culturales y sociales muy profundas, igual que la acción del movimiento de derechos humanos logró un sentido particular sobre los derechos humanos y la democracia. En el reconocimiento del valor de la verdad, en lo que significa la identidad, la huella es profunda porque no se trata sólo de lo que pensamos sobre las apropiaciones en dictadura sino también sobre cualquier adopción. Lo que lograron imprimir las Abuelas son principios básicos sobre la vida como personas y como sociedad. No sé cuántas sociedades reconocen de esta manera a sus víctimas, seguramente pocas. Sin duda, una sociedad que acompaña a sus víctimas es una sociedad más democrática”, señala Barbuto. Más democrática respecto de otras sociedades, seguramente. Pero también más democrática respecto de sí misma, de ese sí misma poco tiempo atrás.

Pablo Gaona Miranda declaró en el juicio por su apropiación durante la dictadura

“Saber la verdad es genial, pero no es fácil”

Recuperó su identidad en agosto de 2012. Ayer dio su testimonio en el proceso en el que están acusados sus apropiadores y un militar que lo habría entregado, que también fue su padrino. “Lo hago por ellos”, dijo en relación con sus padres y su familia biológica.

 Por Alejandra Dandan


Pablo lo dijo dos o tres veces, de distintas maneras. Uno de los fiscales se lo preguntó más directamente: ¿Qué sentís 35 años después? ¿Qué se siente? “Más allá de la sensación que yo pueda tener después de haberme enterado la vida maravillosa que podría haber tenido –aseguró–, también lo hice por ellos, por esto de querer encontrarme. Trato de ponerme en la piel de mi abuela y de mis tíos y todavía no me explico cómo hicieron para aguantar la búsqueda y la ausencia. Esto es un poco por ellos.” Contó que recibir la noticia sobre quiénes fueron sus padres y conocer a su familia fue “sensacional”, pero que “recuperar la identidad se trabaja día a día”. Así empezó ayer el juicio por la apropiación de Pablo Javier Gaona Miranda. En la sala, frente a él, estaban sentados los tres acusados: la pareja que lo crió y una persona clave, el coronel retirado del Ejército Héctor Salvador Girbone, un hombre destinado a Campo de Mayo desde fines de 1977, primo hermano de uno de los apropiadores, que cumplió el doble rol de “padrino” y “entregador”.

Entre el público estaban los nietos y los HIJOS. Pablo pudo contar pausado buena parte de lo que le sucedió. También cómo su “madre de crianza” le pidió un día que no fuera a Abuelas, porque podían ir todos presos.

Sucedió a fines de 2008, explicó Pablo. “Cada entrevista que yo veía de un nieto que recuperaba su identidad o cada vez que escuchaba hablar a una Madre o una Abuela me conmovía muchísimo”, dijo. “Tuve una pelea con mi madre de crianza porque le dije que quería ir a Abuelas (de Plaza de Mayo) porque pensaba que era hijo de desaparecidos. Ella no me dijo nada, como dándole poca relevancia, pero al otro día se sentó llorando y me dijo que por favor no vea a las Abuelas porque ellos podían ir presos y nombró a Héctor (Girbone). Me dijo que ella no sabía lo que hacía en ese momento, que era muy joven.”

Después de esa conversación, Pablo no fue a Abuelas. No fue durante cuatro años.

–No hablamos más del tema. Hasta que después decido acercarme a Abuelas y hacerme el examen de ADN y se entera al día siguiente de mi identidad.
–¿Cuánto tiempo pasó?

–Eso fue a fines de 2008 y el 29 de junio de 2012 fui a Abuelas. La verdad es que era un pacto común. De no preguntar más. Después de una relación de 34 años a nadie le gustaría hacer daño, pero en la búsqueda de mi verdadera identidad y la de mis padres es que yo tengo que estar sentado diciendo esto.

Y dijo: “Yo quería saber cómo era la vida de la gente que iba recuperando su identidad. Sabía que no era un proceso fácil. Saber la verdad es genial, pero yo sabía que iba a ser un proceso duro y difícil. A ellos se los dije con el resultado en mano”.
–¿Cómo fue la reacción?

–En ese momento se sintieron mal, pero luego de uno o dos días me empezaron a preguntar qué día había nacido, quiénes habían sido mis padres. Quedó todo ahí, no hubo una mala reacción.
La declaración

Pablo recuperó su identidad en agosto de 2012. Un mes después, escuchó la declaración de otra nieta, Catalina de Sanctis Ovando, en el juicio de la apropiación en San Martín. Ese día dio una entrevista a este diario: “Fue fuerte –dijo–, sobre todo porque me imagino que voy a tener que pasar por una situación similar”. Ayer ese día llegó. En la sala, entre el público, ahora estaba Catalina. También otros nietos, muchos: Victoria Montenegro, María José Lavalle, Guillermo Pérez Roisinblit, Tatiana Sfiligoy, Lorena Battistiol, Matías Reggiardo Tolosa, Manuel Gonçalves, integrantes de HIJOS y Abuelas. “¡Fuerza!” “¡Estamos con vos!”, le dijeron.

La fiscalía –Pablo Parenti, coordinador de la unidad especializada en casos de apropiación de niños, y Guillermo Friele– comenzó la rueda de preguntas. Al inicio contestó cortito. Pidió más preguntas. Y arrancó.

El es hijo de Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda, los dos militaban en el ERP. Pablo nació el 13 de abril de 1978 en el Hospital Rivadavia. Sus padres fueron secuestrados el 14 de mayo, luego de una reunión en Villa Celina. Pablo fue inscripto como hijo biológico de los apropiadores: Haydée Raquel Ali Ahmed y Salvador Norberto Girbone, ahora en juicio. Esas personas desde chico le dijeron que era “adoptado” y aunque la versión fue cambiando en algún momento, que lo habían “traído” de Misiones.

“Alrededor del año 2001 y 2002 empiezo a sospechar que podía existir esa posibilidad de ser hijo de desaparecidos. Primero porque me resultaba raro que me hubieran anotado en San Fernando, pero además porque había un militar en la familia que es mi padrino. Pasé muchísimos años tratando de negarlo, el solo hecho de pensar que podía ser verdad era un pesar muy grande para mí.”

Uno de los ejes del juicio será la reconstrucción de la cadena de complicidades por las que se lo quedaron. Y en esa lógica se investiga el rol del militar Girbone.

Ahora se sabe, y ayer lo dijo él mismo en el juicio, que en 1976 y 1977 estuvo destinado a Salta y a fines de 1977 pasó a la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. Allí tuvo un puesto en la plana mayor con funciones como S-2 de Inteligencia. Primero dijo que en Salta había estado en el Operativo Independencia y luego en Campo de Mayo y que allí la tarea de la Escuela de Caballería era “pedagógica”, cuando en realidad la reconstrucción que hicieron los ministerios de Justicia y Defensa demuestra que las escuelas de los institutos militares cumplieron distintas funciones en el esquema represivo.

Otra prueba de la apropiación es el certificado de nacimiento falso que lleva la firma de un médico llamado Ricardo Nicolás Lederer. El médico es un obstetra que Girbone conoció en Salta. En 1978 los dos estaban cumpliendo funciones ya en Campo de Mayo. Lederer quedó asignado al Hospital Militar, donde funcionó la maternidad clandestina. “Es un médico respecto del que se señala un rol clave en maternidad clandestina de Campo de Mayo”, dijo el abogado Alan Iud a Página/12. “Pedimos para él la indagatoria, pero un mes después que hicimos esos pedidos se suicidó.”
La verdad relativa

Cada uno de los juicios de lesa humanidad suele ser singular pero a la vez tiene vínculos con otras causas. En este caso, uno de esos vínculos es la relación entre los roles del “entregador” y del “padrino”. En numerosos casos de apropiación de niños de la dictadura aquellas personas que cumplieron el rol de entregadores luego fueron nombrados “padrinos” por quienes recibían a los niños. Se sospecha que esto puede haber sido un gesto de agradecimiento, pero sólo es una hipótesis. Otro de los temas es la naturalización del tráfico de niños y el desprecio por la idea de la identidad.

Pablo creció en una casa en la que había dos niñas supuestamente traídas desde Misiones, de acuerdo con lo que dijeron sus apropiadores. Salvador Norberto Girbone en su indagatoria dio cuenta descarnadamente de alguna de esas impresiones. En la versión de los apropiadores, ellos recibieron a Pablo no del primo militar sino del padre de ese primo, que es un hombre que ahora no puede ser juzgado porque está muerto. Ambos aseguraron que no sabían que era hijo de desaparecidos.

“Nosotros siempre fuimos con la verdad relativa”, dijo. “Le habíamos dicho que era de Misiones. Incluso, cuando mostraban en televisión (un paisaje de Misiones), le decíamos: ‘De ahí sos vos, de ahí sos vos, como las hermanas, era para que se integre, que vea que era del mismo lugar.”

La mujer admitió: “Nadie me dijo que esto no se debía hacer. Creí que hacía algo bien”.

jueves, 7 de agosto de 2014

Jorge Montoya, hermano de Walmir Montoya, el otro tió del nieto recuperado 114

“Su aparición es una inyección de vida”

Cuando vio las fotos de su sobrino Guido encontró los rasgos de su hermano. Hace unos diez años se enteró de que probablemente Walmir hubiera tenido un hijo con una compañera. Ahora espera reunirse pronto con él.

 Por Irina Hauser

Apenas vio las fotos de su sobrino Guido que circulaban por los medios, Jorge Montoya encontró en su cara los rasgos de su hermano Walmir, asesinado durante la última dictadura. “¡La nariz! ¡Es igual!”, celebra, todavía pasmado. Cuando revuelve los recuerdos y las imágenes difusas de la última vez que lo vio, Jorge llora. Llora mucho. Se le mezclan los años, los días, los lugares, su búsqueda solitaria por distintas provincias, las personas que le hablaron de que lo habían visto en alguna parte. Pide disculpas por el embrollo. “Es un poco de negación pese a tantos años de terapia –explica– y otro poco es que se me hizo carne lo que habíamos pactado con mi hermano cuando nos veíamos en secreto: no sabíamos nada, de nada ni de nadie. Era el modo de protegernos.” Quizás eso, piensa, fue lo que le permitió sobrellevar la incertidumbre desde que hace cerca de diez años supo que posiblemente su hermano hubiera tenido un hijo, y desde que más adelante surgió la posibilidad de que fuera el nieto de Estela de Carlotto.

“Tengo mucha ansiedad por verlo, es el hijo de mi hermano, es mi familia. Pasaron muchos años y son muchas las emociones, se me vienen todas las imágenes juntas, el calor, el amor y también la bronca. Me pregunto cómo es que padre e hijo no se conocieron. Cuando baje la euforia voy a entender mejor de qué se trata todo esto, lo más genuino. Todavía no tuve contacto con Guido. El momento lo va a decidir él, pero no tengo dudas de que va a ser pronto. Su aparición es una inyección de vida. La prueba es mi mamá, que ayer estaba engripada y hoy tiene todas las pilas. Con sus 91 años, tiene las cosas muy claras”, dice Jorge en diálogo con Página/12.

A Walmir Montoya le decían Puño. “Todo el mundo piensa que es porque era rudo o peleador. Pero era simplemente un apodo familiar. Justamente acabamos de hablar de eso con mi mamá, y me contó que a ella le salía decirle Puñalito, y le quedó Puño. Su nombre, Walmir, lo eligió porque cuando ella estudiaba como pupila en La Plata conoció a una mujer que tenía un nietito que se llamaba así y le gustaba”, cuenta Montoya. Puño, su único hermano, era cinco años mayor que él, que ahora tiene 56. Vive en Caleta Olivia, en Santa Cruz, igual que su mamá, Hortensia. Los hermanos vivieron su infancia a 14 kilómetros de allí, en Cañadón Seco, un campamento de YPF donde había conseguido trabajo su papá, que había emigrado de España. Trabajaba en un depósito, pero había conseguido entrar por sus dotes como saxofonista. “YPF tenía un gran movimiento cultural y por eso ser músico lo favoreció e integró la banda de la empresa”, recuerda. A Jorge, el entorno artístico lo llevó a convertirse en actor. Su mamá fue directora de la escuela del lugar hasta que se jubiló. Era docente, casualmente igual que Estela.

El hecho de que Guido sea músico es algo que lo conmovió y que le impacta, no sólo porque su padre lo era sino porque también Puño tocaba la batería. Tenía, con amigos, una banda que se llamaba Nosotros. En el torbellino de llamados que tuvo en las últimas horas, Jorge recibió el de una vieja amiga que le contó que tenía guardada una foto de la fiesta de 15 de su prima, en la que Walmir y su grupo estaban tocando. El se la pidió, con la idea de poder dársela a Guido. A Jorge le quedaron pocas fotos de su hermano. Quemó muchas de las que tenía cuando los grupos de tareas irrumpieron en su casa. La otra pasión de su hermano era volar, era piloto civil.

Puño había ido a hacer el servicio militar a Sarmiento, entre Comodoro Rivadavia y Esquel. “Cuando volvió, empezó a militar en Montoneros. Mi papá le pedía que estudie y él se negaba. Primero se fue un tiempito a trabajar en las minas de Río Turbio, porque le habían dicho que había injusticias, y cuando volvió empezaron a apretarnos. Fue entonces que se fue con tres compañeros de militancia: Nardi, La Vieja Rampoldi y el Pato Galván. Fueron a Trelew y terminaron en La Plata. Nos mandaba cartas y se notaba que su compromiso era cada vez mayor y que su militancia se acrecentó cuando lo mataron a Rampoldi. En un momento empezó a enviar las cartas a nombre de otros. De toda mi familia, yo fui el que tuvo más contacto con él durante ese tiempo, pero fue cada vez más difícil. La última vez que habló con mi papá, le dijo ‘nos están escuchando, cuidate’”, relata.

–¿Usted llegó a enterarse de que estaba en pareja con Laura Carlotto?

–Supe después que estaba en pareja, por un compañero de él a quien vi en un encuentro de teatro en Trelew. Me contó que ella tenía pelo negro y era de su misma estatura. Nosotros somos bajitos. Pero la última vez que lo vi no me dijo nada, no me habló de Laura. Me había contactado un amigo y fui a verlo a La Plata. No sé bien qué fecha era, pero recuerdo que fue dos o tres días después de un partido de fútbol amistoso entre Argentina y Hungría en el que jugó Diego Maradona.

–¿Cómo fue ese encuentro?

–Fue en la calle, en la puerta de un edificio. Hablamos un rato de la familia. Me preguntó si yo estaba con miedo y yo le decía que sí. Tengo la imagen de Puño yéndose de ahí en bicicleta. Después de eso no nos vimos más. Eso habrá sido entre 1976 y 1977.

Jorge habla entre sollozos. Cuando empezó a pasar el tiempo sin noticias, su mamá dijo que ya no podía soñar con él y fue el momento de tomar conciencia de su desaparición. Jorge lo buscó en soledad, viajando. Fue a Córdoba, Santa Fe, La Plata y hasta Misiones. Se aferraba a datos que escuchaba o leía, pero conocía a pocas personas cercanas a él. En democracia se acercó a la Conadep y “después, cuando la gente empezó a contar más” alguien se acercó a su familia en un acto en homenaje y dijo que Walmir se había enamorado y que su pareja estaba embarazada. La presentación en la Conadi permitió cruzar datos. El papá de Laura Carlotto, Guido, había hablado de Walmir y lo describió como un muchacho que venía del Sur, de pelo castaño y tez blanca.

Las hipótesis se entretejieron y una paciente expectativa se apoderó de la familia Montoya, que dio sus muestras de ADN. Jorge dice que guardó silencio “para preservar la investigación” y como había aprendido con su hermano. En 2009, los restos de Puño fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en una fosa con otro cuerpo. Se cree que también estuvo detenido en el centro clandestino La Cacha, igual que Laura. “Cuando nos dieron los restos fue una emoción tremenda; lo vi con tanta paz... decidimos cremarlos y esparcimos las cenizas con mis hijas, Sabrina y Melina, y con mi mamá, en un campo donde se crió ella, en Bahía Lángara, ahí en Santa Cruz”, describe. “La identificación del cuerpo nos ayudó a cerrar un ciclo. Encontrar, saber qué. A mi mamá le cambió la vida la certeza de que estaba el cuerpo, que ya no era un desaparecido y poder despedirse”, dice Jorge.

–¿Tenía todavía expectativa de que podía aparecer su sobrino?

–Nosotros siempre ejercitamos mucho la esperanza y la paciencia. Sabíamos que desde acá, desde tan lejos, no podíamos hacer nada, y decidimos confiar en la Conadi y en las Abuelas. Si no se nos iba la vida. Ellas, las Abuelas, siempre nos atendieron con amor.

La otra abuela

“Tengo preparado todo mi cariño, porque tengo ganas de abrazarlo, de tenerlo conmigo”, expresó Hortensia Ardura, la abuela paterna de Guido Montoya Carlotto, el nieto recuperado 114 y nieto también de Estela de Carlotto. Ardura señaló que el hallazgo de su nieto –en rigor, su acercamiento a hacerse el examen de ADN– es “una reparación para la Argentina y un derecho propio después de tantos años de sufrimiento”.

Hortensia Ardura es madre de Walmir Oscar Montoya, el militante que fue pareja de Laura Carlotto mientras ambos se encontraban en la clandestinidad durante la dictadura. Ella fue secuestrada y asesinada luego de dar a luz en el centro clandestino de detención La Cacha. Montoya también fue desaparecido y sus restos fueron identificados en 2009 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su ADN fue el que permitió establecer la filiación de Guido Montoya Carlotto. Hortensia, así como la mayor parte de la familia de Montoya, reside en Caleta Olivia.

La abuela paterna de Guido tiene 90 años, un hijo llamado Jorge, dos nietas y un bisnieto. Fue maestra, al igual que la abuela materna de Guido, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

“Es una reparación para la Argentina, para nuestra patria que sufrió tanto con estos malditos militares. Que Dios me perdone, pero me han hecho sufrir tanto que no los puedo perdonar”, sostuvo la abuela paterna. Según relató, su hijo recibió anteayer la llamada de la titular de la Conadi, Claudia Carlotto, quien le confirmó que el nieto restituido número 114 era efectivamente hijo de Walmir Oscar, que nació en la localidad de Cañadón Seco, provincia de Santa Cruz, donde era conocido con el apodo de “Puñito”.

Hortensia confesó que recibió la noticia con “una alegría inmensa y un llanto incontenible” y que “no la esperaba” aunque sabía que su nieto existía. “No veo la hora de conocerlo, de tenerlo cerca, de abrazarlo y de saber que es mi nieto, es lo más querido, aunque sé que le va a llevar tiempo recomponer su historia”, indicó Hortensia. “Toda la familia está enloquecida con la llegada de este nieto, sé que algún día nos vamos a encontrar porque él va a querer conocer la historia de su padre”, afirmó.

La abuela paterna sostuvo que, al ver las fotos de su nieto, le pareció volver a ver a su hijo, porque “es el calco de su padre”. “Estoy muy emocionada, muy alegre, muy feliz de poder ver a mi nieto; es el calco de su padre, es igualito, igualito, no puede negar que es hijo de mi hijo, no puede negar que es mi nieto”, dijo.

Le consultaron cuándo pensaba que podría encontrarse finalmente con su nieto, para poder conocerlo. “Es un proceso muy largo que tiene que hacer él hasta que tenga su verdadera identidad, por lo que hay que tener paciencia y esperar”, señaló ella, con templanza. Hortensia consideró que “buscando los restos” de su hijo “fue que se pudo llegar a lo que se llegó”, por la recuperación de su nieto a partir del examen de ADN en comparación con el de su padre, que luego se complementó con exámenes comparativos con la familia paterna.

viernes, 11 de julio de 2014

Chile: Cura Gerardo J. Rivera reconoció 4 casos de sustracción de menores

El robo de niños en el pasado chileno

El religioso imputado participó en varios casos de adopciones ilegales durante la dictadura, según declaró a la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigación.

Un sacerdote reveló haber tenido conocimiento de cuatro casos de adopciones irregulares de niños ocurridas en los años ‘70 y ‘80, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Gerardo Joannon Rivera, perteneciente a Congregación de los Sagrados Corazones de Santiago, reconoció como imputado ante la fiscal Erika Vargas haber sabido de tres casos y, en un cuarto, haber bautizado a uno de los menores adoptados en una virtual red ilegal de robo de niños.

Joannon declaró a la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigación chilena (PDI) que el primer caso en que habría intervenido fue en 1972. “Fui contactado por un colega sacerdote, quien se econtraba fuera de Santiago, con la finalidad de que pudiera ayudar a una familiar suya, que era una mujer de 19 años, menor de edad (según la legislación de la época) y estaba embarazada”, dijo el imputado. Y prosiguió: “Tomé contacto con esta familia, en especial con la joven, a quien siempre le insté a llegar al término con su embarazo, dentro de este contexto la abrí a otra realidad, en el sentido de que ella supiera que existía la posibilidad de dar en adopción a su hijo”, agregó el sacerdote Joannon, publicó ayer el diario local La Tercera, que tuvo acceso a la investigación de los casos.

El segundo caso mencionado por Joannon fue el de un menor adoptado que le presentó una familia que lo invitó a comer a su casa. El religioso reconoció haber participado incluso en el bautismo del infante. Joannon señaló que la siguiente adopción irregular de la que tuvo conocimiento ocurrió en 1983, cuando acompañó en su embarazo a una amiga de 22 años, en aquella época. “Se atendía con el doctor Gustavo Monckeberg, quien es la persona, según lo que me he enterado, que le sugiere que dé en adopción a ese menor”, añadió. Explicó que cuando la mujer dio a luz en la Clínica Santa María, fue a verla y se encontró con el doctor Monckeberg, quien le aseguró que la beba “había muerto”. Joannon, quien reconoció no haber visto el cuerpo ni haber participado del funeral, precisó que hace diez años conoció a una joven por intermedio de una psicóloga, quien “efectivamente era la hija dada en adopción” en aquella oportunidad.

El cuarto caso fue en el año 1987, cuando “una familia muy cercana y amiga se encontraban con el problema de que una de sus hijas, de unos 22 años, había quedado embarazada”. Tras los dichos del sacerdote, la fiscal Vargas se declaró incompetente y traspasó la causa al ministro de la Corte de Apelaciones Mario Carroza, quien resolvió investigar estos doce casos que denominó como “sustracción de menores”.

Ahora Carroza deberá ratificar y validar el testimonio del sacerdote y, eventualmente, realizar preguntas que podrían haber quedado inconclusas.

Este caso se inició cuando el Centro de Investigación Periodística (Ciper) reveló en un reportaje la participación de Gerardo Joannon en una serie de adopciones irregulares que tuvieron lugar en el período de dictadura militar en Chile. El trabajo periodístico cuenta la historia de madres adolescentes cuyos hijos fueron dados por muertos, pese a que habían sido entregados a otras parejas por sus abuelos biológicos.

Durante la dictadura de Pinochet hubo detenidas desaparecidas embarazadas. La Agrupación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos registra nueve casos de mujeres embarazadas que están desaparecidas, cuyos hijos habrán nacido en cautiverio. El abogado Luciano Fouillioux, ex subsecretario de Carabineros que trabajó en la Vicaría de la Solidaridad, señaló a la prensa local que “si hay algo que marca la máxima crueldad de la dictadura es que, además de los padres, son tomados los hijos y los niños. El hecho es de tal magnitud que no cabe más que condenarlo”.

viernes, 4 de julio de 2014

Chicha’ Mariani: “No confío en el Papa actual”

La fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo habló sobre el rol del Papa y la Iglesia con los desaparecidos y el compromiso de la Justicia argentina para finalizar los juicios de lesa humanidad en Diciembre de 2015.

Jueves, 03 de julio de 2013. Respecto al ex Cardenal Jorge Bergoglio y su rol en la búsqueda de desaparecidos, disparó: “siempre están mimetizados los cómplices políticos, civiles, eclesiásticos, que tienen algo que decir y no lo dicen. En el Vaticano se dieron datos de la hija de Gelman, allí le dijeron donde la podía encontrar y la encontró. Espero esa tarea del Papa actual, aunque no confío mucho en él porque no hizo nada en el tiempo que estuvo en Argentina. Espero que saque a la luz los archivos militares”.

“A mí me echaron tres obispos por haber estado buscando a mi nieta y sabían dónde estaba, porque me lo habían dicho. El señor Montes de La Plata, me dijo: ‘señora no moleste, la gente que la tiene merece cuidado porque la tendría mejor que usted’, 25 años después me dijo que se había olvidado. No he encontrado nunca a Clara Anahí y todo eso me hace pensar en la justicia lenta y en la falta de querer hacer las cosas”, señaló.

“El compromiso de la Justicia debiera ir más allá de Diciembre de 2015, tiene que seguir hasta que el último represor sea juzgado y el último niño sea restituido. Se habla de reconciliación, pero ¿qué reconciliación puede haber si mi nieta no apareció en 37 años? A mi hijo lo tiraron porque no tuvieron la dignidad de poder devolverme su cadáver. Esta es una enfermedad que va a seguir persistiendo como una bacteria en la sociedad”, opinó Mariani.
Respecto a la búsqueda de su nieta, indicó: “Lo último ha sido la declaración de un conscripto que dijo que vio que la sacaron viva con una manta fucsia. Yo sé que Clara Anahí estaba viva, sé que está, que se tapa y se oculta”. Asimismo, agregó: “me duele la lentitud con la que se ha hecho el Juicio de La Cacha. Me cuesta asimilar mi ausencia porque uno siente la necesidad de acompañar a quienes sufrieron y están esperando. Tengo la esperanza que se pueda seguir haciendo justicia”.

“Es un cáncer tapado con una gaza esperando que pase el tiempo. Tiene que haber justicia, se lo merece cada uno de los desaparecidos, torturados, quemados. A mis 91 años, quisiera ver que hubo justicia y no con cuenta gotas”, confió y continuó: “van diluyendo y prolongando en el tiempo las situaciones de los presos y los que falta encontrar en todo el mundo. Es muy grande la herida que fue hecha, no se puede cerrar por decreto”.

En cuanto al rol del Estado, “Chicha” señaló: “este gobierno abrió muchas puertas que permitió movernos a los afectados con más tranquilidad y ayuda. Apoyó, ayudó, facilitó algunas cosas, pero tendría que haber buscado a esos hijos de la Patria, los bebés que se llevaron para ‘educarlos mejor’ y dejó que esta tarea sea siempre a cargo de las Abuelas”.
“Desde el ’77 hasta ahora nos tocó luchar a brazo partido, dejando la vida, buscándolos. ¿Por qué no los buscó el Estado? Si pudieron haber obtenido datos. ¿Por qué nos dejaron a nosotras solas, rompernos el alma y torturarnos día a día? Tenemos clavado el cuchillo en el alma de no haber encontrado a nuestros nietos”, concluyó en Radio La Plata (FM 90.9). (Portal Contacto Político)