martes, 12 de agosto de 2014

Pablo Gaona Miranda declaró en el juicio por su apropiación durante la dictadura

“Saber la verdad es genial, pero no es fácil”

Recuperó su identidad en agosto de 2012. Ayer dio su testimonio en el proceso en el que están acusados sus apropiadores y un militar que lo habría entregado, que también fue su padrino. “Lo hago por ellos”, dijo en relación con sus padres y su familia biológica.

 Por Alejandra Dandan


Pablo lo dijo dos o tres veces, de distintas maneras. Uno de los fiscales se lo preguntó más directamente: ¿Qué sentís 35 años después? ¿Qué se siente? “Más allá de la sensación que yo pueda tener después de haberme enterado la vida maravillosa que podría haber tenido –aseguró–, también lo hice por ellos, por esto de querer encontrarme. Trato de ponerme en la piel de mi abuela y de mis tíos y todavía no me explico cómo hicieron para aguantar la búsqueda y la ausencia. Esto es un poco por ellos.” Contó que recibir la noticia sobre quiénes fueron sus padres y conocer a su familia fue “sensacional”, pero que “recuperar la identidad se trabaja día a día”. Así empezó ayer el juicio por la apropiación de Pablo Javier Gaona Miranda. En la sala, frente a él, estaban sentados los tres acusados: la pareja que lo crió y una persona clave, el coronel retirado del Ejército Héctor Salvador Girbone, un hombre destinado a Campo de Mayo desde fines de 1977, primo hermano de uno de los apropiadores, que cumplió el doble rol de “padrino” y “entregador”.

Entre el público estaban los nietos y los HIJOS. Pablo pudo contar pausado buena parte de lo que le sucedió. También cómo su “madre de crianza” le pidió un día que no fuera a Abuelas, porque podían ir todos presos.

Sucedió a fines de 2008, explicó Pablo. “Cada entrevista que yo veía de un nieto que recuperaba su identidad o cada vez que escuchaba hablar a una Madre o una Abuela me conmovía muchísimo”, dijo. “Tuve una pelea con mi madre de crianza porque le dije que quería ir a Abuelas (de Plaza de Mayo) porque pensaba que era hijo de desaparecidos. Ella no me dijo nada, como dándole poca relevancia, pero al otro día se sentó llorando y me dijo que por favor no vea a las Abuelas porque ellos podían ir presos y nombró a Héctor (Girbone). Me dijo que ella no sabía lo que hacía en ese momento, que era muy joven.”

Después de esa conversación, Pablo no fue a Abuelas. No fue durante cuatro años.

–No hablamos más del tema. Hasta que después decido acercarme a Abuelas y hacerme el examen de ADN y se entera al día siguiente de mi identidad.
–¿Cuánto tiempo pasó?

–Eso fue a fines de 2008 y el 29 de junio de 2012 fui a Abuelas. La verdad es que era un pacto común. De no preguntar más. Después de una relación de 34 años a nadie le gustaría hacer daño, pero en la búsqueda de mi verdadera identidad y la de mis padres es que yo tengo que estar sentado diciendo esto.

Y dijo: “Yo quería saber cómo era la vida de la gente que iba recuperando su identidad. Sabía que no era un proceso fácil. Saber la verdad es genial, pero yo sabía que iba a ser un proceso duro y difícil. A ellos se los dije con el resultado en mano”.
–¿Cómo fue la reacción?

–En ese momento se sintieron mal, pero luego de uno o dos días me empezaron a preguntar qué día había nacido, quiénes habían sido mis padres. Quedó todo ahí, no hubo una mala reacción.
La declaración

Pablo recuperó su identidad en agosto de 2012. Un mes después, escuchó la declaración de otra nieta, Catalina de Sanctis Ovando, en el juicio de la apropiación en San Martín. Ese día dio una entrevista a este diario: “Fue fuerte –dijo–, sobre todo porque me imagino que voy a tener que pasar por una situación similar”. Ayer ese día llegó. En la sala, entre el público, ahora estaba Catalina. También otros nietos, muchos: Victoria Montenegro, María José Lavalle, Guillermo Pérez Roisinblit, Tatiana Sfiligoy, Lorena Battistiol, Matías Reggiardo Tolosa, Manuel Gonçalves, integrantes de HIJOS y Abuelas. “¡Fuerza!” “¡Estamos con vos!”, le dijeron.

La fiscalía –Pablo Parenti, coordinador de la unidad especializada en casos de apropiación de niños, y Guillermo Friele– comenzó la rueda de preguntas. Al inicio contestó cortito. Pidió más preguntas. Y arrancó.

El es hijo de Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda, los dos militaban en el ERP. Pablo nació el 13 de abril de 1978 en el Hospital Rivadavia. Sus padres fueron secuestrados el 14 de mayo, luego de una reunión en Villa Celina. Pablo fue inscripto como hijo biológico de los apropiadores: Haydée Raquel Ali Ahmed y Salvador Norberto Girbone, ahora en juicio. Esas personas desde chico le dijeron que era “adoptado” y aunque la versión fue cambiando en algún momento, que lo habían “traído” de Misiones.

“Alrededor del año 2001 y 2002 empiezo a sospechar que podía existir esa posibilidad de ser hijo de desaparecidos. Primero porque me resultaba raro que me hubieran anotado en San Fernando, pero además porque había un militar en la familia que es mi padrino. Pasé muchísimos años tratando de negarlo, el solo hecho de pensar que podía ser verdad era un pesar muy grande para mí.”

Uno de los ejes del juicio será la reconstrucción de la cadena de complicidades por las que se lo quedaron. Y en esa lógica se investiga el rol del militar Girbone.

Ahora se sabe, y ayer lo dijo él mismo en el juicio, que en 1976 y 1977 estuvo destinado a Salta y a fines de 1977 pasó a la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. Allí tuvo un puesto en la plana mayor con funciones como S-2 de Inteligencia. Primero dijo que en Salta había estado en el Operativo Independencia y luego en Campo de Mayo y que allí la tarea de la Escuela de Caballería era “pedagógica”, cuando en realidad la reconstrucción que hicieron los ministerios de Justicia y Defensa demuestra que las escuelas de los institutos militares cumplieron distintas funciones en el esquema represivo.

Otra prueba de la apropiación es el certificado de nacimiento falso que lleva la firma de un médico llamado Ricardo Nicolás Lederer. El médico es un obstetra que Girbone conoció en Salta. En 1978 los dos estaban cumpliendo funciones ya en Campo de Mayo. Lederer quedó asignado al Hospital Militar, donde funcionó la maternidad clandestina. “Es un médico respecto del que se señala un rol clave en maternidad clandestina de Campo de Mayo”, dijo el abogado Alan Iud a Página/12. “Pedimos para él la indagatoria, pero un mes después que hicimos esos pedidos se suicidó.”
La verdad relativa

Cada uno de los juicios de lesa humanidad suele ser singular pero a la vez tiene vínculos con otras causas. En este caso, uno de esos vínculos es la relación entre los roles del “entregador” y del “padrino”. En numerosos casos de apropiación de niños de la dictadura aquellas personas que cumplieron el rol de entregadores luego fueron nombrados “padrinos” por quienes recibían a los niños. Se sospecha que esto puede haber sido un gesto de agradecimiento, pero sólo es una hipótesis. Otro de los temas es la naturalización del tráfico de niños y el desprecio por la idea de la identidad.

Pablo creció en una casa en la que había dos niñas supuestamente traídas desde Misiones, de acuerdo con lo que dijeron sus apropiadores. Salvador Norberto Girbone en su indagatoria dio cuenta descarnadamente de alguna de esas impresiones. En la versión de los apropiadores, ellos recibieron a Pablo no del primo militar sino del padre de ese primo, que es un hombre que ahora no puede ser juzgado porque está muerto. Ambos aseguraron que no sabían que era hijo de desaparecidos.

“Nosotros siempre fuimos con la verdad relativa”, dijo. “Le habíamos dicho que era de Misiones. Incluso, cuando mostraban en televisión (un paisaje de Misiones), le decíamos: ‘De ahí sos vos, de ahí sos vos, como las hermanas, era para que se integre, que vea que era del mismo lugar.”

La mujer admitió: “Nadie me dijo que esto no se debía hacer. Creí que hacía algo bien”.

jueves, 7 de agosto de 2014

Jorge Montoya, hermano de Walmir Montoya, el otro tió del nieto recuperado 114

“Su aparición es una inyección de vida”

Cuando vio las fotos de su sobrino Guido encontró los rasgos de su hermano. Hace unos diez años se enteró de que probablemente Walmir hubiera tenido un hijo con una compañera. Ahora espera reunirse pronto con él.

 Por Irina Hauser

Apenas vio las fotos de su sobrino Guido que circulaban por los medios, Jorge Montoya encontró en su cara los rasgos de su hermano Walmir, asesinado durante la última dictadura. “¡La nariz! ¡Es igual!”, celebra, todavía pasmado. Cuando revuelve los recuerdos y las imágenes difusas de la última vez que lo vio, Jorge llora. Llora mucho. Se le mezclan los años, los días, los lugares, su búsqueda solitaria por distintas provincias, las personas que le hablaron de que lo habían visto en alguna parte. Pide disculpas por el embrollo. “Es un poco de negación pese a tantos años de terapia –explica– y otro poco es que se me hizo carne lo que habíamos pactado con mi hermano cuando nos veíamos en secreto: no sabíamos nada, de nada ni de nadie. Era el modo de protegernos.” Quizás eso, piensa, fue lo que le permitió sobrellevar la incertidumbre desde que hace cerca de diez años supo que posiblemente su hermano hubiera tenido un hijo, y desde que más adelante surgió la posibilidad de que fuera el nieto de Estela de Carlotto.

“Tengo mucha ansiedad por verlo, es el hijo de mi hermano, es mi familia. Pasaron muchos años y son muchas las emociones, se me vienen todas las imágenes juntas, el calor, el amor y también la bronca. Me pregunto cómo es que padre e hijo no se conocieron. Cuando baje la euforia voy a entender mejor de qué se trata todo esto, lo más genuino. Todavía no tuve contacto con Guido. El momento lo va a decidir él, pero no tengo dudas de que va a ser pronto. Su aparición es una inyección de vida. La prueba es mi mamá, que ayer estaba engripada y hoy tiene todas las pilas. Con sus 91 años, tiene las cosas muy claras”, dice Jorge en diálogo con Página/12.

A Walmir Montoya le decían Puño. “Todo el mundo piensa que es porque era rudo o peleador. Pero era simplemente un apodo familiar. Justamente acabamos de hablar de eso con mi mamá, y me contó que a ella le salía decirle Puñalito, y le quedó Puño. Su nombre, Walmir, lo eligió porque cuando ella estudiaba como pupila en La Plata conoció a una mujer que tenía un nietito que se llamaba así y le gustaba”, cuenta Montoya. Puño, su único hermano, era cinco años mayor que él, que ahora tiene 56. Vive en Caleta Olivia, en Santa Cruz, igual que su mamá, Hortensia. Los hermanos vivieron su infancia a 14 kilómetros de allí, en Cañadón Seco, un campamento de YPF donde había conseguido trabajo su papá, que había emigrado de España. Trabajaba en un depósito, pero había conseguido entrar por sus dotes como saxofonista. “YPF tenía un gran movimiento cultural y por eso ser músico lo favoreció e integró la banda de la empresa”, recuerda. A Jorge, el entorno artístico lo llevó a convertirse en actor. Su mamá fue directora de la escuela del lugar hasta que se jubiló. Era docente, casualmente igual que Estela.

El hecho de que Guido sea músico es algo que lo conmovió y que le impacta, no sólo porque su padre lo era sino porque también Puño tocaba la batería. Tenía, con amigos, una banda que se llamaba Nosotros. En el torbellino de llamados que tuvo en las últimas horas, Jorge recibió el de una vieja amiga que le contó que tenía guardada una foto de la fiesta de 15 de su prima, en la que Walmir y su grupo estaban tocando. El se la pidió, con la idea de poder dársela a Guido. A Jorge le quedaron pocas fotos de su hermano. Quemó muchas de las que tenía cuando los grupos de tareas irrumpieron en su casa. La otra pasión de su hermano era volar, era piloto civil.

Puño había ido a hacer el servicio militar a Sarmiento, entre Comodoro Rivadavia y Esquel. “Cuando volvió, empezó a militar en Montoneros. Mi papá le pedía que estudie y él se negaba. Primero se fue un tiempito a trabajar en las minas de Río Turbio, porque le habían dicho que había injusticias, y cuando volvió empezaron a apretarnos. Fue entonces que se fue con tres compañeros de militancia: Nardi, La Vieja Rampoldi y el Pato Galván. Fueron a Trelew y terminaron en La Plata. Nos mandaba cartas y se notaba que su compromiso era cada vez mayor y que su militancia se acrecentó cuando lo mataron a Rampoldi. En un momento empezó a enviar las cartas a nombre de otros. De toda mi familia, yo fui el que tuvo más contacto con él durante ese tiempo, pero fue cada vez más difícil. La última vez que habló con mi papá, le dijo ‘nos están escuchando, cuidate’”, relata.

–¿Usted llegó a enterarse de que estaba en pareja con Laura Carlotto?

–Supe después que estaba en pareja, por un compañero de él a quien vi en un encuentro de teatro en Trelew. Me contó que ella tenía pelo negro y era de su misma estatura. Nosotros somos bajitos. Pero la última vez que lo vi no me dijo nada, no me habló de Laura. Me había contactado un amigo y fui a verlo a La Plata. No sé bien qué fecha era, pero recuerdo que fue dos o tres días después de un partido de fútbol amistoso entre Argentina y Hungría en el que jugó Diego Maradona.

–¿Cómo fue ese encuentro?

–Fue en la calle, en la puerta de un edificio. Hablamos un rato de la familia. Me preguntó si yo estaba con miedo y yo le decía que sí. Tengo la imagen de Puño yéndose de ahí en bicicleta. Después de eso no nos vimos más. Eso habrá sido entre 1976 y 1977.

Jorge habla entre sollozos. Cuando empezó a pasar el tiempo sin noticias, su mamá dijo que ya no podía soñar con él y fue el momento de tomar conciencia de su desaparición. Jorge lo buscó en soledad, viajando. Fue a Córdoba, Santa Fe, La Plata y hasta Misiones. Se aferraba a datos que escuchaba o leía, pero conocía a pocas personas cercanas a él. En democracia se acercó a la Conadep y “después, cuando la gente empezó a contar más” alguien se acercó a su familia en un acto en homenaje y dijo que Walmir se había enamorado y que su pareja estaba embarazada. La presentación en la Conadi permitió cruzar datos. El papá de Laura Carlotto, Guido, había hablado de Walmir y lo describió como un muchacho que venía del Sur, de pelo castaño y tez blanca.

Las hipótesis se entretejieron y una paciente expectativa se apoderó de la familia Montoya, que dio sus muestras de ADN. Jorge dice que guardó silencio “para preservar la investigación” y como había aprendido con su hermano. En 2009, los restos de Puño fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en una fosa con otro cuerpo. Se cree que también estuvo detenido en el centro clandestino La Cacha, igual que Laura. “Cuando nos dieron los restos fue una emoción tremenda; lo vi con tanta paz... decidimos cremarlos y esparcimos las cenizas con mis hijas, Sabrina y Melina, y con mi mamá, en un campo donde se crió ella, en Bahía Lángara, ahí en Santa Cruz”, describe. “La identificación del cuerpo nos ayudó a cerrar un ciclo. Encontrar, saber qué. A mi mamá le cambió la vida la certeza de que estaba el cuerpo, que ya no era un desaparecido y poder despedirse”, dice Jorge.

–¿Tenía todavía expectativa de que podía aparecer su sobrino?

–Nosotros siempre ejercitamos mucho la esperanza y la paciencia. Sabíamos que desde acá, desde tan lejos, no podíamos hacer nada, y decidimos confiar en la Conadi y en las Abuelas. Si no se nos iba la vida. Ellas, las Abuelas, siempre nos atendieron con amor.

La otra abuela

“Tengo preparado todo mi cariño, porque tengo ganas de abrazarlo, de tenerlo conmigo”, expresó Hortensia Ardura, la abuela paterna de Guido Montoya Carlotto, el nieto recuperado 114 y nieto también de Estela de Carlotto. Ardura señaló que el hallazgo de su nieto –en rigor, su acercamiento a hacerse el examen de ADN– es “una reparación para la Argentina y un derecho propio después de tantos años de sufrimiento”.

Hortensia Ardura es madre de Walmir Oscar Montoya, el militante que fue pareja de Laura Carlotto mientras ambos se encontraban en la clandestinidad durante la dictadura. Ella fue secuestrada y asesinada luego de dar a luz en el centro clandestino de detención La Cacha. Montoya también fue desaparecido y sus restos fueron identificados en 2009 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su ADN fue el que permitió establecer la filiación de Guido Montoya Carlotto. Hortensia, así como la mayor parte de la familia de Montoya, reside en Caleta Olivia.

La abuela paterna de Guido tiene 90 años, un hijo llamado Jorge, dos nietas y un bisnieto. Fue maestra, al igual que la abuela materna de Guido, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

“Es una reparación para la Argentina, para nuestra patria que sufrió tanto con estos malditos militares. Que Dios me perdone, pero me han hecho sufrir tanto que no los puedo perdonar”, sostuvo la abuela paterna. Según relató, su hijo recibió anteayer la llamada de la titular de la Conadi, Claudia Carlotto, quien le confirmó que el nieto restituido número 114 era efectivamente hijo de Walmir Oscar, que nació en la localidad de Cañadón Seco, provincia de Santa Cruz, donde era conocido con el apodo de “Puñito”.

Hortensia confesó que recibió la noticia con “una alegría inmensa y un llanto incontenible” y que “no la esperaba” aunque sabía que su nieto existía. “No veo la hora de conocerlo, de tenerlo cerca, de abrazarlo y de saber que es mi nieto, es lo más querido, aunque sé que le va a llevar tiempo recomponer su historia”, indicó Hortensia. “Toda la familia está enloquecida con la llegada de este nieto, sé que algún día nos vamos a encontrar porque él va a querer conocer la historia de su padre”, afirmó.

La abuela paterna sostuvo que, al ver las fotos de su nieto, le pareció volver a ver a su hijo, porque “es el calco de su padre”. “Estoy muy emocionada, muy alegre, muy feliz de poder ver a mi nieto; es el calco de su padre, es igualito, igualito, no puede negar que es hijo de mi hijo, no puede negar que es mi nieto”, dijo.

Le consultaron cuándo pensaba que podría encontrarse finalmente con su nieto, para poder conocerlo. “Es un proceso muy largo que tiene que hacer él hasta que tenga su verdadera identidad, por lo que hay que tener paciencia y esperar”, señaló ella, con templanza. Hortensia consideró que “buscando los restos” de su hijo “fue que se pudo llegar a lo que se llegó”, por la recuperación de su nieto a partir del examen de ADN en comparación con el de su padre, que luego se complementó con exámenes comparativos con la familia paterna.

viernes, 11 de julio de 2014

Chile: Cura Gerardo J. Rivera reconoció 4 casos de sustracción de menores

El robo de niños en el pasado chileno

El religioso imputado participó en varios casos de adopciones ilegales durante la dictadura, según declaró a la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigación.

Un sacerdote reveló haber tenido conocimiento de cuatro casos de adopciones irregulares de niños ocurridas en los años ‘70 y ‘80, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Gerardo Joannon Rivera, perteneciente a Congregación de los Sagrados Corazones de Santiago, reconoció como imputado ante la fiscal Erika Vargas haber sabido de tres casos y, en un cuarto, haber bautizado a uno de los menores adoptados en una virtual red ilegal de robo de niños.

Joannon declaró a la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigación chilena (PDI) que el primer caso en que habría intervenido fue en 1972. “Fui contactado por un colega sacerdote, quien se econtraba fuera de Santiago, con la finalidad de que pudiera ayudar a una familiar suya, que era una mujer de 19 años, menor de edad (según la legislación de la época) y estaba embarazada”, dijo el imputado. Y prosiguió: “Tomé contacto con esta familia, en especial con la joven, a quien siempre le insté a llegar al término con su embarazo, dentro de este contexto la abrí a otra realidad, en el sentido de que ella supiera que existía la posibilidad de dar en adopción a su hijo”, agregó el sacerdote Joannon, publicó ayer el diario local La Tercera, que tuvo acceso a la investigación de los casos.

El segundo caso mencionado por Joannon fue el de un menor adoptado que le presentó una familia que lo invitó a comer a su casa. El religioso reconoció haber participado incluso en el bautismo del infante. Joannon señaló que la siguiente adopción irregular de la que tuvo conocimiento ocurrió en 1983, cuando acompañó en su embarazo a una amiga de 22 años, en aquella época. “Se atendía con el doctor Gustavo Monckeberg, quien es la persona, según lo que me he enterado, que le sugiere que dé en adopción a ese menor”, añadió. Explicó que cuando la mujer dio a luz en la Clínica Santa María, fue a verla y se encontró con el doctor Monckeberg, quien le aseguró que la beba “había muerto”. Joannon, quien reconoció no haber visto el cuerpo ni haber participado del funeral, precisó que hace diez años conoció a una joven por intermedio de una psicóloga, quien “efectivamente era la hija dada en adopción” en aquella oportunidad.

El cuarto caso fue en el año 1987, cuando “una familia muy cercana y amiga se encontraban con el problema de que una de sus hijas, de unos 22 años, había quedado embarazada”. Tras los dichos del sacerdote, la fiscal Vargas se declaró incompetente y traspasó la causa al ministro de la Corte de Apelaciones Mario Carroza, quien resolvió investigar estos doce casos que denominó como “sustracción de menores”.

Ahora Carroza deberá ratificar y validar el testimonio del sacerdote y, eventualmente, realizar preguntas que podrían haber quedado inconclusas.

Este caso se inició cuando el Centro de Investigación Periodística (Ciper) reveló en un reportaje la participación de Gerardo Joannon en una serie de adopciones irregulares que tuvieron lugar en el período de dictadura militar en Chile. El trabajo periodístico cuenta la historia de madres adolescentes cuyos hijos fueron dados por muertos, pese a que habían sido entregados a otras parejas por sus abuelos biológicos.

Durante la dictadura de Pinochet hubo detenidas desaparecidas embarazadas. La Agrupación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos registra nueve casos de mujeres embarazadas que están desaparecidas, cuyos hijos habrán nacido en cautiverio. El abogado Luciano Fouillioux, ex subsecretario de Carabineros que trabajó en la Vicaría de la Solidaridad, señaló a la prensa local que “si hay algo que marca la máxima crueldad de la dictadura es que, además de los padres, son tomados los hijos y los niños. El hecho es de tal magnitud que no cabe más que condenarlo”.

viernes, 4 de julio de 2014

Chicha’ Mariani: “No confío en el Papa actual”

La fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo habló sobre el rol del Papa y la Iglesia con los desaparecidos y el compromiso de la Justicia argentina para finalizar los juicios de lesa humanidad en Diciembre de 2015.

Jueves, 03 de julio de 2013. Respecto al ex Cardenal Jorge Bergoglio y su rol en la búsqueda de desaparecidos, disparó: “siempre están mimetizados los cómplices políticos, civiles, eclesiásticos, que tienen algo que decir y no lo dicen. En el Vaticano se dieron datos de la hija de Gelman, allí le dijeron donde la podía encontrar y la encontró. Espero esa tarea del Papa actual, aunque no confío mucho en él porque no hizo nada en el tiempo que estuvo en Argentina. Espero que saque a la luz los archivos militares”.

“A mí me echaron tres obispos por haber estado buscando a mi nieta y sabían dónde estaba, porque me lo habían dicho. El señor Montes de La Plata, me dijo: ‘señora no moleste, la gente que la tiene merece cuidado porque la tendría mejor que usted’, 25 años después me dijo que se había olvidado. No he encontrado nunca a Clara Anahí y todo eso me hace pensar en la justicia lenta y en la falta de querer hacer las cosas”, señaló.

“El compromiso de la Justicia debiera ir más allá de Diciembre de 2015, tiene que seguir hasta que el último represor sea juzgado y el último niño sea restituido. Se habla de reconciliación, pero ¿qué reconciliación puede haber si mi nieta no apareció en 37 años? A mi hijo lo tiraron porque no tuvieron la dignidad de poder devolverme su cadáver. Esta es una enfermedad que va a seguir persistiendo como una bacteria en la sociedad”, opinó Mariani.
Respecto a la búsqueda de su nieta, indicó: “Lo último ha sido la declaración de un conscripto que dijo que vio que la sacaron viva con una manta fucsia. Yo sé que Clara Anahí estaba viva, sé que está, que se tapa y se oculta”. Asimismo, agregó: “me duele la lentitud con la que se ha hecho el Juicio de La Cacha. Me cuesta asimilar mi ausencia porque uno siente la necesidad de acompañar a quienes sufrieron y están esperando. Tengo la esperanza que se pueda seguir haciendo justicia”.

“Es un cáncer tapado con una gaza esperando que pase el tiempo. Tiene que haber justicia, se lo merece cada uno de los desaparecidos, torturados, quemados. A mis 91 años, quisiera ver que hubo justicia y no con cuenta gotas”, confió y continuó: “van diluyendo y prolongando en el tiempo las situaciones de los presos y los que falta encontrar en todo el mundo. Es muy grande la herida que fue hecha, no se puede cerrar por decreto”.

En cuanto al rol del Estado, “Chicha” señaló: “este gobierno abrió muchas puertas que permitió movernos a los afectados con más tranquilidad y ayuda. Apoyó, ayudó, facilitó algunas cosas, pero tendría que haber buscado a esos hijos de la Patria, los bebés que se llevaron para ‘educarlos mejor’ y dejó que esta tarea sea siempre a cargo de las Abuelas”.
“Desde el ’77 hasta ahora nos tocó luchar a brazo partido, dejando la vida, buscándolos. ¿Por qué no los buscó el Estado? Si pudieron haber obtenido datos. ¿Por qué nos dejaron a nosotras solas, rompernos el alma y torturarnos día a día? Tenemos clavado el cuchillo en el alma de no haber encontrado a nuestros nietos”, concluyó en Radio La Plata (FM 90.9). (Portal Contacto Político)

jueves, 29 de mayo de 2014

Condenada a ocho años a la obstetra por participar en una apropiación

“Me da tranquilidad y alivio”

Catalina de Sanctis Ovando, quien recuperó su identidad en 2008, se mostró conforme con la sentencia contra la médica que adulteró los datos de su nacimiento
–que se produjo en la maternidad clandestina de Campo de Mayo– y facilitó su apropiación.

La Justicia condenó a una obstetra que falsificó los datos de la nieta recuperada Catalina de Sanctis Ovando. La médica, Lidia Fanny Villavicencio, atendió su nacimiento en agosto de 1977, en la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Luego anotó en el libro del hospital que la niña había nacido muerta y firmó un acta en la que la recién nacida quedó registrada como hija de sus apropiadores.

El Tribunal Oral Nº1 de San Martín dictó una sentencia de ocho años de prisión para la partera, que está excarcelada y volvió a su casa porque el fallo aún no está firme.

Los jueces Héctor Sagretti, Daniel Cisneros y Daniel Petrone la encontraron partícipe en primera instancia del ocultamiento de una menor, además de los delitos de supresión de identidad y falsedad ideológica de documento público en perjuicio de la nieta recuperada.

“Me da tranquilidad y algo de alivio que llegue algo de justicia para nosotros”, dijo cuando terminó el juicio Sanctis de Ovando.

Las querellas habían pedido una condena de 12 años para la acusada. A pesar de que el tribunal fijó una pena más baja, la abogada de Abuelas de Plaza de Mayo María Inés Bedia se mostró conforme. “Es importante porque sienta un precedente en la Justicia”, señaló.

Una prueba clave en el juicio fue el dictamen del calígrafo oficial Guillermo Adolfo Anzorena, que determinó que las firmas que aparecen en los documentos adulterados son de la médica. Además, en las audiencias se incorporaron por lectura las declaraciones de otras obstetras y médicas que contaron que era frecuente ver a mujeres detenidas en el hospital militar de Campo de Mayo.

Sobre la madre de De Sanctis Ovando, Miryam, se estableció que fue llevada a dar a luz con los ojos vendados. La joven era una estudiante universitaria que militaba en la Juventud Peronista y que fue secuestrada cuando estaba embarazada de seis meses. Su pareja, Raúl René de Sanctis, también fue desaparecido por la dictadura.

En el libro de partos de Campo de Mayo, su apellido –Ovando– aparece registrado en las novedades del día en que nació su hija Catalina. En la hoja fue escrita la palabra “cesárea”, que luego fue tachada y reemplazada por “legrado feto sin vida de 45 días”. El acta de nacimiento adulterada, en el que la recién nacida fue registrada como hija de sus apropiadores, lleva fecha de cuatro días después y señala que una niña llamada María Carolina nació por cesárea, hija de María Francisca Morilla y Carlos Hidalgo Garzón. Este documento facilitó que la pareja la anotara como hija propia.

En un juicio anterior, llevado adelante por el mismo tribunal, el matrimonio fue condenado por la apropiación.

Catalina contó en el juicio anterior que había encontrado una carta “del mes de abril de 1977, que según la escritura estaba confeccionada por María Francisca Morillo y dirigida a Hidalgo Garzón, en la que se hacía referencia a la visita de una mujer del movimiento (Movimiento Familiar Cristiano) a ver el departamento, que le dio detalles acerca de los partos y que le refirió que los mismos eran normales y que no había malformaciones”.

La joven agregó que hasta la mayoría de edad confió en que era hija de quienes se decían sus padres, pero al ver un aviso de las Abuelas de Plaza de Mayo por televisión consultó a su supuesta madre, que le contó la verdad. No obstante, no quiso acudir a la Justicia para no complicar judicialmente al matrimonio y recién a los 31 años –el 8 de septiembre de 2008– recuperó su identidad tras un examen de ADN al que no había querido someterse voluntariamente.

Para 2013, durante el juicio oral, Ovando se convirtió en querellante del juicio a sus apropiadores, que fueron condenados a 15 y 12 años de prisión.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Juicio oral a Lidia Fanni Villavicencio, médica de Campo de Mayo

Obstetra en una maternidad clandestina

Firmó el certificado falso del nacimiento de Catalina De Sanctis Ovando, en el que figuraba como hija de sus apropiadores.
“Mis abuelos tendrían la misma edad que esta mujer, pero yo no pude conocerlos”, dijo De Sanctis Ovando.

Laura Catalina De Sanctis Ovando creyó hasta los 21 años que era la hija biológica de sus apropiadores. Como suele sucederles a quienes crecen en una familia que no es la de origen, ella sentía cierto extrañamiento pero, salvo alguna respuesta evasiva, no tenía motivos para dudar de su parentesco. Hasta su certificado de nacimiento lo confirmaba y decía que sus papás eran Carlos Hidalgo Garzón y María Francisca Morilla. Lo que ella no sabía era que ese papel mentía, porque Lidia Fanni Villavicencio, obstetra de la maternidad clandestina de Campo de Mayo, había introducido datos falsos en el documento. La médica enfrenta ahora un juicio que concluirá mañana. En la jornada de ayer, las querellas expusieron sus alegatos y pidieron 12 años de prisión para Villavicencio al considerar que sin su labor Catalina no hubiera sido apropiada.

“Pensé que iba a ser más liviano, pero es muy movilizante”, aseguró De Sanctis a Página/12 sobre el proceso judicial que se lleva a cabo. “Este juicio me centró en pensar en mis abuelos, que no pudieron conocerme. Fallecieron muy jóvenes porque el hecho de que yo no estuviera con ellos les destruyó su salud y su vida. Y yo no los pude conocer”, añadió.

Catalina nació el 11 de agosto de 1977. Es hija de Raúl René De Sanctis y Miryam Ovando, dos estudiantes universitarios que militaban en la Juventud Peronista, ambos desaparecidos en la última dictadura. Cuando fue secuestrada el 1º de abril de ese año, Miryam ya transitaba el sexto mes de embarazo.

En el libro de partos de Campo de Mayo, su apellido –Ovando– aparece inscripto el mismo día que nació su hija. Al lado está la palabra “cesárea” tachada y reemplazada por la frase “legrado feto sin vida de 45 días”. Es decir, para ese documento, Miryam, que estaba en fecha de parto, había perdido el bebé.

El otro asiento importante se encuentra cuatro días después y menciona que una bebé llamada María Carolina nació por cesárea, como hija biológica de Morilla e Hidalgo Garzón. Esa información, se supo después, era falsa, pero los nombres y la fecha que la médica obstetra incluyó en el acta de nacimiento posibilitó luego que Catalina fuera inscripta por sus apropiadores.

Tuvieron que pasar 31 años para que, el 8 de septiembre de 2008, ella recuperara su verdadera identidad, luego de un examen de muestras de ADN ordenado por el juez federal Ariel Lijo y al que ella no quiso someterse voluntariamente.

Para ese momento, Catalina ya sabía desde hacía diez años que era hija de desaparecidos. Al ver un anuncio de Abuelas de Plaza de Mayo en la televisión había hablado con su apropiadora y ella admitió la verdad. No dijo ni hizo nada por temor a los delitos y las penas que implicaba para Hidalgo Garzón y Morilla. Pero luego de recuperar su identidad y conocer su historia, Catalina fue querellante en el juicio contra sus apropiadores. Ellos fueron juzgados el año pasado y recibieron una condena de 15 y 12 años, respectivamente. Hidalgo Garzón fue miembro del área de Inteligencia del Ejército.

En diálogo con este diario, la abogada de Abuelas de Plaza de Mayo María Inés Bedia señaló: “Vamos a demostrar que Catalina nació el 11 de agosto y fue arrancada de los brazos de su madre para ser entregada a sus apropiadores, que alteraron sus datos gracias al aporte fundamental de Villavicencio”.

El debate en el tribunal comenzó el martes 20 de mayo, en la primera de las tres jornadas que se programaron en el proceso que lleva adelante el Tribunal Oral en lo Criminal 1 de San Martín. Puntualmente, la partera de la maternidad clandestina de Campo de Mayo está imputada por tres delitos. Se la considera partícipe necesaria de la retención y ocultación de un menor de diez años y de la alteración del estado civil. Además, está acusada de ser la autora del delito de falsedad documental.

En la primera jornada se leyó el requerimiento de elevación a juicio de la fiscalía y, tras ese paso, se dio la palabra a Villavicencio, pero la mujer se negó a declarar. “Entonces se leyó la indagatoria que prestó por escrito durante la etapa de instrucción del juicio”, explicó Bedia.

Villavicencio se había descompuesto cuando le tomaron declaración testimonial durante la fase de instrucción, por lo que presentó luego una declaración por escrito “con las mismas formalidades que la indagatoria”. Esa versión fue la leída en la primera audiencia y, allí, la acusada contó que atendió a una mujer, que pudo advertir que estaba detenida, pero que tenía la orden de no hablar con ella. Además, relató que el parto se realizó en una sala que no era la habitual.

Respecto de los datos falsos que insertó en el certificado de nacimiento de Catalina, la partera explicó que la información se la dieron y que ella no conocía a los apropiadores. “Vamos a demostrar que sí tenía conocimiento tanto de que esa mujer estaba en situación de desaparición forzada y que sabía que esos datos eran falsos”, remarcó la abogada querellante.

Durante el juicio declararon cuatro testigos. La propia Catalina, su marido Rodrigo, que la acompañó durante todo el proceso de recuperación de la identidad, el perito calígrafo Guillermo Anzorena, que certificó que la firma existente en los documentos modificados es de la médica y Jorge Villavicencio, el hijo de la obstetra.

La médica tiene ahora 91 años. Al ingresar el martes pasado a la sala del tribunal caminó muy despacio, con un bastón, pero los años, para De Sanctis, no la liberan de su responsabilidad. “Tuvo toda una vida para pensar en esto y en hacer algo para contar lo que sabía”, remarcó.

“Cuando escuché su edad, pensé que me habría gustado estar con mis abuelos de la misma manera que ella pudo estar con los hijos y sus nietos”, contó Catalina, pero es probable que lo haya sintetizado mejor el martes pasado en la audiencia. “Si vivieran, mis abuelos tendrían la misma edad que esta mujer pero, por ella, yo no pude conocerlos”, declaró.

viernes, 2 de mayo de 2014

Se identificaron tres mujeres asesinadas embarazadas.

COMUNICADO DE PRENSA

Abuelas de Plaza de Mayo informa que en los últimos tiempos el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), a través de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas (ILIP), identificó tres mujeres que fueron asesinadas embarazadas por el terrorismo de Estado. Mónica Edith De Olaso, Alicia Beatriz Tierra y Laura Gladys Romero fueron secuestradas embarazadas, por lo que hasta el momento de su identificación buscábamos a sus hijos. A pesar de la tristeza de conocer ese final atroz, y confirmar que las jóvenes fueron asesinadas antes de dar a luz, pudimos conocer la verdad sobre lo ocurrido.
 
Los casos
Mónica De Olaso nació el 12 de agosto de 1958 en la localidad de Tolosa, provincia de Buenos Aires. Sus familiares y amigos la llamaban "Moniquita". Su compañero Alejandro Ford nació el 1° de marzo de 1957 en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Sus amigos lo llamaban "El Negro". Ambos militaban en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Fueron secuestrados el 11 de mayo de 1977 en la casa de unos amigos en la localidad de Tolosa. Mónica estaba embarazada de dos meses. Ambos permanecieron detenidos en el Centro Clandestino de Detención "La Cacha". La joven estuvo detenida también en la Comisaría 5° de La Plata y en el Penal de Olmos. Los restos de ambos fueron identificados en el cementerio de Ezpeleta (Quilmes), y gracias al trabajo de identificación del EAAF se confirmó que la joven fue asesinada el 24 de junio de 1977, con tres meses de embarazo.

Alicia Tierra nació el 16 de junio de 1953 en Pérez, provincia de Santa Fe. Su familia la llamaba "Lali". Fue secuestrada el 31 de diciembre de 1976 en su domicilio de la ciudad de Rosario, embarazada de seis meses. Por testimonios de sobrevivientes pudo saberse que permaneció detenida en el Servicio de Información de la Jefatura de Policía de Rosario. El EAAF logró identificar a Alicia en el Cementerio de la Piedad de esa ciudad y determinó que fue asesinada el 28 de enero de 1977.

Laura Romero
nació el 29 de diciembre de 1956 en La Quiaca, provincia de Jujuy. Su compañero Luis Guillermo Vega Ceballos, el 18 de septiembre de 1947, en Santiago de Chile. Su familia lo llamaba "Willy". Ambos militaban en el PRT-ERP. Fueron secuestrados el 9 de abril de 1976 en el barrio de la Boca, Capital Federal. La joven estaba embarazada de cuatro meses. El 22 de abril de 1976 apareció el cuerpo de una mujer en la costa uruguaya, en la Barra de la Laguna de Rocha, a 14 kilómetros de La Paloma. Del cuerpo se pudieron extraer impresiones digitales y fue inhumado como NN en el cementerio. Allí se enterró a su compañero Luis, también como NN. Gracias al trabajo del EEAF ambos fueron identificados. Habrían sido asesinados en unos de los llamados “Vuelos de la muerte”.
La noticia confirma, una vez más, la virulencia con que los represores se ensañaron con nuestros hijos. Los secuestraron, torturaron, a algunas mujeres las dejaron con vida hasta el momento de dar a luz, para luego robarles sus bebés; a otras las acribillaron aún con su hijo en el vientre.

Las Abuelas de Plaza de Mayo buscamos a nuestros nietos desde el momento en que desaparecieron a sus padres y en este camino también buscamos saber qué ocurrió con nuestras hijas e hijos desparecidos. Hoy sabemos cuál fue el destino final de Mónica, Alicia y Laura, y con dolor cerramos la búsqueda de tres nietos, no porque hayamos restituido su identidad, sino porque sus madres fueron asesinadas embarazadas. Con esta información el número de casos resueltos por la institución asciende a 113. Esperamos que el próximo comunicado sea para anunciar que un nuevo nieto restituye su identidad y comienza a vivir con la libertad que solo nos asegura la verdad.
Miércoles 30 de abril de 2014, Ciudad de Buenos Aires.