lunes, 5 de septiembre de 2011

Comienza en San Juan el juicio a los apropiadores de Jorge Guillermo Goya

"Tiene que saber el destino de mi papá”

Emilio Goya, hermano de Jorge, espera que en el juicio el apropiador Luis Tejada revele información sobre su padre desaparecido. “Queremos que cada genocida pague por su responsabilidad, pero más quiero que mi hermano pueda recuperar su vida”, dice.
Por Alejandra Dandan

Emilio Goya recuperó a su hermano en 2008. Hoy va estar en el rectorado de la Universidad de San Juan porque ahí empieza el juicio oral a los apropiadores de Jorge Guillermo. El juicio es histórico para la provincia, el primero en un territorio que el año pasado repudió con una marcha la Ley de Matrimonio Igualitario. Es la puerta de entrada para el próximo juicio grande con sobrevivientes que enfrentan a una sociedad donde aún muchos miran a la dictadura con los anteojos de los dos demonios. Y es histórico el juicio también para Emilio, que espera encontrar más datos sobre su padre desaparecido y no sólo eso: “Uno busca justicia, queremos que cada genocida pague por su responsabilidad, obviamente quiero eso, pero más quiero que mi hermano pueda recuperar su vida, y su vida es con la nuestra: nosotros somos parte de él y no estamos pudiendo serlo”.

En el juicio será juzgado el suboficial de Inteligencia Luis Tejada y Raquel Quinteros, que inscribieron a Jorge Guillermo como hijo biológico. Emilio avanza como puede, para cuidar sobre todo la relación con su hermano. A partir de 2001 se embarcó para buscarlo en un viaje que lo llevó a Perú, México y España, donde encontró una de las claves con las que avanzó la investigación: un acta de nacimiento en la que constaba la existencia de un hermano, una revelación parecida y diferente de la que hasta ese momento le habían dado las cartas que su padre le mandó en los años de exilio. Los datos de esa reconstrucción, los nuevos elementos con los que pudo terminar de armar lo que sucedió con sus padres a partir del encuentro con el hermano. El juicio. Los datos que espera encontrar, y los apropiadores, son algunos de los temas en los que se detiene ahora.

Emilio es integrante de la Agrupación HIJOS, de Chaco. Vive ahí con dos hijos. Su padre, Francisco Goya, detenido durante el gobierno de Isabel Perón, se exilió en 1975. En México conoció a María Lourdes Martínez Aranda, con quien tuvo a Jorge Guillermo. Viajaron a España. Volvieron a la Argentina para la Contraofensiva. Hasta ahora todo indicaba que los habían secuestrado en Paso de los Libres, en medio del regreso con el niño. Ahora, los nuevos datos conectan esa historia con San Juan.

“En 2001, a partir de los datos que recobro en México y España aparece la parte más sostenible de la investigación –cuenta Emilio–: un acta de nacimiento. Sabíamos que había nacido mi hermano por las cartas, pero cuando uno toca una partida de nacimiento es diferente. Con las cartas teníamos un nombre pelado, porque no sabíamos cómo lo habían anotado. En la embajada mexicana de España encontramos el acta, la primera vez que tuve en mano la anotación vi que no da mayores explicaciones, estaba anotado su nombre y la madre. Pero en la partida del registro civil encuentro que decía: se debe tomar como referencia de nombre paterno el de Francisco Luis, dándole certeza al dato.”

–¿Qué esperás del juicio?

–Acá el juicio en realidad es simbólico porque está probado que ellos anotaron a mi hermano como hijo propio. El juicio sirve para encontrar más información. El intento de alguna reflexión de esa familia, uno o dos datos más de mi viejo. El (apropiador) estuvo en el centro clandestino de Las Cuevas: tiene que saber el destino final de mi papá. Es mi ilusión, digo, intentar comunicarles por qué es tan importante tener algún dato, capaz que lo quiera dar, no sabemos. Hasta donde sé, no dio ni contó nada. Pero yo entre quedarme y ver qué puede pasar, prefiero ver.

–¿Quién era Tejada?

–El trabajaba en Las Cuevas, en el paso fronterizo de Mendoza a Chile, él dice que era administrativo, sólo figura que hizo un pequeño curso de Inteligencia sobre cómo hacer los interrogatorios. ¡Imaginate en qué consistía el curso, seguramente sobre torturas! Hay indicios para comprobar que en realidad trabajaba en el centro de detención.

–Hasta ahora se creía que tu padre desapareció en Paso de los Libres. ¿Cómo llegó tu hermano a Mendoza?

–El dato venía de Víctor Basterra, de las microfilmaciones. El encontró en la ESMA una planilla con nombres marcados en la frontera. Eso abrió la hipótesis de que mi papá entró por Paso de los Libres y cayó. Pero estando preso un tío mío, recibió el dato de que mi papá falleció en Las Cuevas, que cae en un operativo en la zona de Cuyo. Y eso al final es verdad: nosotros lo habíamos desestimado, pero con mi hermano ahí, termina siendo cierto. Lo que no sabemos es cuándo cayó mi papá. Si fue en la primera entrada, en la segunda. Si había entrado por la frontera y lo estaban siguiendo. Si ese papel que vio Basterra era cierto, aunque todo indica que sí.

–¿Cómo llegó tu hermano con los apropiadores?

–Tejada es una persona que trabajó ahí, así es que seguro que mi papá estuvo detenido ahí: o lo mataron o lo llevaron semivivo a morir a Las Cuevas. Evidentemente estaba con mi hermano al momento de la detención o lo que haya sucedido. A mí me cuesta creer la versión de ellos, que dicen que les llegó de un hogar de niños.

–¿Y la inscripción como hijo biológico?

–Eso los deja en el horno, ahora hay que develar qué tanto conocimiento tenían de dónde venía el pibe. Entendiendo que, si el hombre estaba en un centro clandestino y había hecho cursos sobre interrogatorios, es difícil sostener que no se dio cuenta ni tenía idea de dónde salió el chico.

–¿Hubo denuncias anteriores?

–Lo que encontramos es una denuncia en el año 1983 y el apellido aparece en la Conadep. La denuncia es de una persona que dice que Tejada tenía un chico apropiado. En ese momento, la Gendarmería hace una investigación, pero la desestiman con un mecanismo ridículo: le mandaron una carta a Tejada y le preguntaron si conocía a la Fulana de tal que hacía la denuncia.

–¿Quedaron en Mendoza?

–Sí. Primero estuvieron en Mendoza, pero después se trasladan a San Juan en un momento que me parece muy sugestivo, creo que después de aquella denuncia. Y se quedan en San Juan. Mi hermano recién hace un año dejó de vivir en la casa de ellos, pero vive en la casa de la madre del tipo, una mujer que se murió. Para mí el objetivo superior con todo esto es buscar qué pasó con mi viejo, si es posible dar con el cuerpo. Claro, como hermanos nos mueve otra cosa. Nunca nos movió la venganza, sino la búsqueda de memoria, verdad y justicia, cuando uno empieza a buscar la verdad sobre su viejo... Yo entiendo el shock enorme que esto puede significar para mi hermano, pero también es un shock para mí ahora que lo tengo recuperado, en el amplio sentido de la palabra, no recuperar el tiempo perdido, pero sí esa relación que deberíamos haber tenido. Ahora yo quiero que todo este proceso le sirva a él para entender que hubo otra persona, otros que irrumpieron y falsearon todos los datos para que nosotros no podamos contactarnos, ahí es donde el asunto se pone puntilloso, y a mí me interesa que prime esa relación. Espero que este juicio le sirva a él también para procesar todo esto. Siento una contradicción: yo no quiero castigarlo, pero si el padre fue un genocida también quiero juicio y castigo, pero en relación con mi hermano quiero la verdad para que él abra los ojos.

–¿Cómo es la relación entre ustedes?

–El les da todavía mucha importancia a ellos. Pero ellos no son como los de esas historias donde había un tío que les pegaba o un apropiador que lo hacía. En este caso no, todo lo contrario: hizo todo al revés, le dieron una extra atención, un lugar extra en la casa. Ellos tuvieron al final una familia, tuvieron dos hijos más, propios, y él fue como el guía de esos chicos, tenía 4 o 5 años más, fue como su tutor.

Emilio cuenta una historia del viaje en el que dejó todo para salir a buscar a su hermano. En un momento llegó a México, hacía dos días que buscaba una dirección con los datos de un pedacito de un sobre de una carta que le había escrito su padre en 1977. “México creció de una manera tan desproporcionada que una dirección no me llevaba a ningún lado –dice–. Yo buscaba San Juan como calle y era un departamento. Después de un montón de días, encontré a la familia materna de él, me vi con la hermana mayor de María Lourdes, que había estado buscando información de su hermana, pero no había estado en Argentina. Ellos estaban convencidos de que ella había desaparecido en la caída de Somoza.” En la búsqueda, lo que terminó encontrando detrás de algunas escenas es que “hay como una historia dentro de cada una de las historias”. En Chaco, su padre había tenido escondido a Jaime Dri. Cuando, años después, Emilio remodeló la casa encontró alguno de sus papeles en el recoveco de una pared. En México paró en la casa de la hija. Se encontró ahí con Miguel Bonasso, con el que discutió y se enojó y reclamó qué hacían los compañeros por los hijos de los compañeros. “En ese momento se ofende, pero al día siguiente me llama para ver si me hacía un reportaje en el Canal 40, a partir del cual empiezo a encontrar amigos y familiares de María Lourdes.”

Emilio ahora está a cargo de la Dirección de Juventud en Chaco, él que odió ser funcionario, que “odiamos al Estado”, dice. “Cuando mi viejo toma semejante determinación a los 26 años, llega a Perú, se queda, sigue en el exilio, intenta comunicarse con nosotros, sigue en política en la organización, es nuevamente papá con su tercer hijo y decide igual enrocarse hasta los dientes y vuelve, frente a quienes dicen qué hijo de puta no pensó en ustedes, yo digo: primó el amor a un país y una sociedad por sobre el amor a sus hijos, no porque no ames, sino porque estaba dejando en eso todo un legado.”

domingo, 4 de septiembre de 2011

Comienza el 4/9/2011 el primer juicio por delitos de lesa humanidad en San Juan

El lunes se iniciará en San Juan el primer juicio por delitos de lesa humanidad en esta provincia y en él se juzgará la apropiación de un menor por parte de un suboficial de inteligencia del Ejército y su esposa, acusados de falsificación de documentación y suplantación de identidad de Jorge Guillermo Martínez Aranda, hijo de desaparecidos.

El juicio oral y público, que estará a cargo del Tribunal Oral Federal de San Juan y se desarrollará en el edificio del Rectorado de la Universidad Nacional de San Juan, iba a comenzar el 2 de agosto pero debió ser postergado porque la Cámara de Casación Federal tuvo que nombrar a un juez subrogante para que integre el tribunal.

Se trata del primer juicio por delitos de lesa humanidad en San Juan y será contra el suboficial de Inteligencia Luis Tejada y su esposa Raquel Quinteros, del departamento Rivadavia de esta provincia, acusados de ser los apropiadores de Jorge Guillermo Martínez Aranda.

Sus padres biológicos, que aún están desaparecidos, son la ingeniera mexicana María Lourdes Martínez Aranda, militante del PC de su país y Francisco Luis Goya, ex Tacuara, dirigente de la JP y de la Organización Montoneros, nacido en Resistencia, Chaco, que tuvieron a su hijo en España el 28 de agosto de 1979.

Es decir que el juicio se iniciará justo un día después que el joven cumpla 32 años de edad.

La pareja, regresó al país a principios de 1980, cuando se inició la denominada “Contraofensiva", pero fueron secuestrados y separados de su hijo y posiblemente asesinados en un centro clandestino de detención que podría ser la ESMA en la Capital Federal o Las Cuevas en Mendoza.

La confirmación de la apropiación fue realizada en 2008 por el juez federal Miguel Lijo en Buenos Aires, quien ordenó restituir la identidad de Jorge Guillermo Martínez Aranda, como estaba inscripto en la embajada de Mexico en España, donde nació y que en la Argentina había sido inscripto por sus apropiadores como Carlos Tejada.

El proceso será llevado adelante por los jueces Hugo Carlos Echegarayn de San Juan; Raúl Fourcaden de San Luis y Héctor Cortés, de Mendoza, y se realizará en San Juan porque los documentos apócrifos con que se le había dado una nueva identidad al niño secuestrado, habrían sido confeccionados en esta provincia.

En el juicio los fiscales serán Mateo Bermejo y Dante Vega de Mendoza y junto a ellos sostendrá la acusación Alan Iud, el abogado de la organización Abuelas de Plaza de Mayo.

Según se informó oficialmente, el juicio tendrá 15 testigos, ya que aproximadamente otros 15 fueron desechados por las partes, con las particularidades de que la mayoría de ellos son de Buenos Aires y la provincia de Chaco, algunos de San Juan, un residente en Chile y una señora de edad avanzada, que declarará por teleconferencia.

Un dato curioso del caso, es que el imputado suboficial Tejada, adujo en el Tribunal que está afectado de una enfermedad que le impide hablar y por lo tanto se comunica con sus interlocutores a través de la escritura, lo que se estima que podría complicar el normal desarrollo de la audiencia.

En el comienzo del juicio a los apropiadores, que viven en libertad en San Juan, se leerán los tres requerimientos fiscales con las imputaciones que pesan sobre ellos.

Las imputaciones son la apropiación de menor, la falsificación de documentos públicos, ya que tanto el DNI como la partida de nacimiento y demás documentos del joven habrían sido falsificados, y por la sustitución de identidad, ya que el matrimonio lo inscribió como hijo propio.

En las jornadas posteriores serán recibidas las testimoniales en un juicio que en el Tribunal estiman que “será corto dado la poca cantidad de testigos”.

En tanto, los jueces deberán resolver un pedido de la defensa para que declare el joven apropiado y, según fuentes judiciales, “se decidirá sobre la marcha previa vista a la fiscalía y al querellante”.

Una carta encontrada en la casa de un represor sirve de prueba del Plan sistemático de apropiación de niños

Catalina de Sanctis Ovando
Mensajes de amor y de muerte

La nota que se intercambiaron los apropiadores de Catalina de Sanctis Ovando habla de una asignación previa de los bebés y demuestra que el Movimiento Familiar Cristiano sabía de dónde venían los niños. Como contracara, la joven también conserva un texto que su madre biológica envió a sus padres en el que pedía “quiéranme en mi hija”.
Por Irina Hauser

Cuando era chiquita, Catalina se miraba al espejo y se llamaba a sí misma “cara de nada”. Hacía muecas a ver si algo cambiaba. “Cara de nada”, repetía. Quería decir que no se parecía a nadie, que sentía un vacío gigante y una distancia abismal respecto de quienes la criaban. Como muchos hijos de desaparecidos arrancados de los brazos de sus padres en la última dictadura, ella pasó la mayor parte de su vida con la convicción secreta de no ser la persona que le decían que era. Pero optaba por no indagar demasiado, mirar hacia adelante, o no mirar, y encerrarse en su cuarto. Aun el día que entendió todo al ver un aviso de Abuelas de Plaza de Mayo en la televisión, decidió seguir como hasta entonces. Varios años después, cuando la Justicia obtuvo indicios de que podía ser una nieta apropiada se escapó hasta Paraguay para evitar que analizaran su ADN. Protegía a sus apropiadores o –mejor dicho– tenía miedo de ellos, sobre todo de él, Carlos Hidalgo Garzón, un mayor retirado que trabajó en inteligencia del Ejército. La historia de Catalina de Sanctis Ovando está atravesada por todas esas contradicciones y por una prueba fundamental escrita en un papel, que al final la llevó a “abrir los ojos” y asimilar su historia: una carta de su apropiadora, que daría cuenta de que alrededor de los nacimientos en Campo de Mayo funcionaba una maquinaria para el robo de los bebés de las mujeres secuestradas, en la que además el Movimiento Familiar Cristiano tuvo un papel influyente en la selección de los niños y su asignación a determinadas personas.

María Francisca Morilla, la apropiadora, había escrito la carta a mano y la dirigía a su esposo, asignado en Tucumán. Lo llamaba por un nombre falso, pero con sus mismas iniciales (Carlos Helguera Gonçalves). Sobre el final decía textual: “Vino la asistente del Movimiento y quedó encantada con el departamento. Conversamos mucho y me explicó que ella hace siete años que está en el Movimiento y nunca vio que entregaran niños con problemas de salud o malformaciones, que son muy sanitos y que a ella le llamaba la atención lo normal que son esos partos. Luego te contaré en detalle la conversación”. El encabezado tiene fecha del 7 abril de 1977, que coincide con la del secuestro de la mamá de Catalina, Miryam Ovando, quien fue vista por última vez unos días antes, cuando estaba embarazada aproximadamente de seis meses. Uno de “esos partos” en la maternidad de Campo de Mayo fue el suyo.

Catalina encontró la carta mientras revolvía entre cosas viejas en la casa donde que habían vivido sus apropiadores. No hacía mucho que había recuperado su identidad. En ese momento estaba con Rodrigo, su pareja. “El se puso como loco, la veía como algo de gran valor, y para mí era una pavada. Me parecía que podía tener muchas interpretaciones. Mi apropiadora me había hablado alguna vez, al reconocer que yo no era su hija, de que habían estado en lista de espera del Movimiento para adoptar. Así lo decía. Cuando entendí qué era esa lista de reparto de bebés y que yo había formado parte de ella me dio mucha impresión, me pareció perverso”, cuenta Catalina a Página/12.

La carta quedó en un armario y fue hallada después por la Justicia durante un allanamiento. Los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo pidieron esta semana en el juicio sobre apropiación de hijos de desaparecidos que sustancia el Tribunal Oral Federal 6 (TOF6) que sea incorporada como una prueba clave de la existencia de un plan sistemático de apropiación de niños (ver aparte), donde el Movimiento Familiar Cristiano los ofrecía en adopción, para dar apariencia de legalidad a las entregas. También ofrecieron la declaración testimonial de Catalina. Todo está a consideración de los jueces.
“Quiéranme en mi hija”

Desde hace algunos meses que Catalina lleva en su cartera otra carta, la contracara de aquella de su apropiadora. La que la llevó a reencontrarse con su identidad. Es una carta que escribió su mamá estando en cautiverio poco después de que ella naciera, dirigida a sus padres y a su hermano. Les cuenta lo “hermoso y terriblemente triste a la vez” que es “después de tanto tiempo tener la posibilidad de encontrarme frente a un papel y poder escribir, hablar, sentir”. Les dice en una parte que “estén todo lo tranquilos que puedan. Cuiden y quieran mucho a la nena (creo que está con ustedes, por supuesto), ojalá sea ella quien reciba todo de ustedes ahora (...) hay que tener fe y por sobre todas las cosas, saber que conservamos lo más importante: La vida. Los quiero mucho como siempre, más que siempre. Recuérdenme y quiéranme en mi hija, ella es quien sin saberlo lleva en sus venitas la sangre que yo llevo y quien más cerca de mí estuvo durante todo este tiempo. La extraño, la necesito”.

Miryam tenía 21 años cuando fue secuestrada. Estudiaba psicología en la Universidad de Rosario y militaba en la Juventud Peronista, igual que su esposo, Raúl René de Sanctis, que era estudiante de antropología. A él se lo llevaron en mayo de 1977. Se habían mudado a Buenos Aires, a una casa en Virreyes meses antes, y siguen desaparecidos. En el libro de partos del Hospital Militar de Campo de Mayo aparece el nombre de la apropiadora de Catalina como si hubiera dado a luz por cesárea el 17 de agosto de ese año a las cinco de la tarde. Pero unos pocos renglones más arriba dice “Ovando”, la palabra cesárea tachada y cambiada por “legrado” y la referencia de que habían removido un “feto sin vida de 45 días” a las 10.10 de la mañana. La fecha: 11 de agosto.

Catalina no fue entregada a su familia biológica, sino a sus apropiadores a poco de nacer. Tiene recuerdos borrosos de su infancia, itinerante según la provincia a la que asignaran a su apropiador. Cree haber sido “bastante payasa” de chica, por lo que vio en sus fotos. De los seis o siete años en adelante recuerda una vida más triste, en Capital Federal, en la que se percibía diferente de todas sus compañeras de la Escuela Santa Ana y distinta de quienes creía sus padres, que la llamaban María Carolina (Hidalgo Garzón). “Un día, subiendo en el ascensor, me miré en el espejo y le dije a mi apropiadora que no me veía cara de nada. Tendría siete u ocho años. Ella decía que era parecida a su padre y al hijo del hermano de mi apropiador. Siempre buscando excusas, siempre mintiendo, como cuando decía que era psicopedagoga. Toda la vida me mintió con su edad”, reprocha Catalina. “En la secundaria me di cuenta de que no había fotos de ella embarazada; ¿qué me dijo? Que no se usaba y que tenía temor porque había perdido varios embarazos”, añade. “Las cosas estaban más que claras, sólo que yo no quería ver”, confiesa.

–¿Y cómo fue que supiste la verdad? ¿Cuando te citó la Justicia o antes? –le preguntó Página/12.

–Mucho antes. Estaba empezando a estudiar Bellas Artes en la facultad y un día veo que pasan una publicidad de Abuelas en la tele. Ahí toda la nebulosa que tenía cobró forma. Justo por esa época, además, venía pensando que no sabía si había soñado, o si tenía una fantasía o era un verdadero recuerdo, que me habían dicho alguna vez que era adoptada. Tomé coraje y le pregunté a mi apropiadora: “Yo soy hija de desaparecidos, ¿no?”. Llorando me dijo que sí, pero que ella me había curado el ombligo y mis padres habían muerto en un enfrentamiento, y que las familias no querían saber nada con los hijos de sus parientes detenidos, y que las Abuelas de Plaza de Mayo mentían y arrancaban a los hijos de sus familias, que por eso ella no me había contado la verdad. Me advirtió que si yo contaba algo ellos iban a ir presos.

Catalina recuerda que se llenó de más miedo. Su apropiador, a quien describe como “alcohólico”, se volvió “más agresivo” de lo habitual. Su apropiadora, “más depresiva”. “En casa había un ambiente muy violento e inestable”, dice. A medida que ella iba armando el rompecabezas, Hidalgo Garzón –que ahora tiene arresto domiciliario por su actuación en el centro clandestino La Cacha– la empezó a tratar de “subversiva”. Le decía “pacifista” y le llegó a escribir una carta en la que la trataba de “desagradecida” porque “la sangre criminal tira”.
Verdad y locura

Las primeras denuncias de que Catalina podía ser apropiada llegaron a Abuelas en el año 2000. Alguien que conocía a la familia dio los datos y las sospechas. En 2007, un nieto recuperado –Manuel Gonçalves– la fue a ver a la salida del profesorado de Educación Física, donde estudiaba tras abandonar Bellas Artes. “Me explicó que había un proceso judicial en marcha y que contara con ellos. Yo salí corriendo”, relata. Ese mismo año la citó el juez federal Ariel Lijo, le explicó que podía ser hija de desaparecidos y le pidió una muestra de sangre. “Quedamos en venir una fecha. Pero no me localizaron más porque me fui”, dice. Huyó con su pareja, Rodrigo, en una camioneta donde subieron hasta los tres gatos de ella. Pararon en Corrientes y luego siguieron hacia Paraguay, donde tenían expectativas de quedarse a vivir en un lugar llamado San Bernardino. “Llegamos, llovía, no había nadie, nos habían pedido coima por pasar una luz amarilla, teníamos pánico por haber cruzado la frontera sin registrarnos. Así que volvimos y terminamos en San Luis, donde vive la familia de Rodri, que nos prestó una quinta. Ahí me hicieron el allanamiento. Se llevaron mi ropa para sacar ADN”, suspira.

–¿Por qué te escapaste?

–No quería dar sangre o material genético en forma voluntaria. Sentía culpa con mis apropiadores, a quienes aún llamaba mamá y papá. No quería que por mi culpa fueran presos. Era algo infantil, tenía el fantasma que me habían inculcado de que las Abuelas eran malas. Les tenía miedo, a veces hasta odio. Pero después del allanamiento tuve cierto alivio. Ya está, pasó lo que tenía que pasar. Y volvimos a Buenos Aires. Mientras estaban en proceso los estudios genéticos, Rodrigo se puso a buscar información por Internet y a través de Abuelas para deducir quiénes podían haber sido mis padres. Hasta trataba de sacarle datos a Hidalgo Garzón. Catalina habla de (su ahora) marido con admiración: “Le mostró unas páginas de Abuelas y le preguntó si sabía quién era mi mamá. Y efectivamente él le señaló el nombre correcto. Le contó que un día después de ir a buscarme en el Ford Falcon a Campo de Mayo, llamó preguntando si habían ‘volado el paquete’, o sea a mi mamá. Dijo que el médico que me había entregado fue (el apropiador) Norberto Bianco”.

En septiembre de 2008 el juez Lijo citó a Catalina. Se dirigió a ella como “Laura Catalina”, su nombre completo y auténtico. Ella se enojó mucho. “Es el nombre que te puso tu mamá”, le dijo él. “En ese momento me dieron la carta que ella había escrito en cautiverio. Yo ni creía que fuera de ella. Me dieron unas fotos horribles, viejas y borrosas. Mi primera impresión fue no creer el resultado”, asegura. También fue notificada su familia biológica, pero Catalina no quiso conocerlos por entonces.

Sus apropiadores fueron citados a indagatoria y se descompensaron. “Quedé atrapada, teniendo que hacerme cargo de ellos”, se queja. Hidalgo Garzón se hizo pasar por loco y en el ínterin insultaba a Catalina a través de una página web. Lo mismo hacía con el juez. A mediados de 2010 una junta de médicos forenses concluyó que intentaba mostrarse más deteriorado de lo que estaba. El y su mujer fueron procesados y recientemente enviados a juicio oral. El vive en un geriátrico, ella con un pariente.
Familia

Catalina decidió que no quería verlos más recién en la segunda mitad del año pasado. Fue después de que se animó a contactar a su familia biológica, casi todos de Rosario. Osqui, primo hermano de su papá, le mandó un montón de fotos por e-mail.

Dos semanas después se fue para allá. Conoció también a Fabián, el hermano de su mamá. Y se quedó muy impactada al ver a otro primo de su papá, Javier. “¡Me vi igual a él!”, exclama. Esa primera vez fueron a comer a una parrilla de “el inglés”, un compañero de rugby de su papá. Y conoció a las parejas de todos, y los hijos, y encontró una familia enorme, a la que ahora visita cada dos por tres. Para el 11 de agosto le hicieron un cumpleaños sorpresa. La llenaron de fotos de sus padres, que lleva consigo a todas partes. Son fotos en las que ahora por fin se reconoce a sí misma. La emociona tanto como saber que su mamá “hacía gimnasia deportiva y yo acrobática”, “mi papá estudiaba para ser antropólogo, algo que me hubiera gustado a mí”. “Uno es una suma del ambiente y lo genético, yo siempre me sentí diferente de mis apropiadores; lo genético fue más fuerte”, celebra. El paso que faltaba lo dio en marzo cuando les mandó un mail a sus seres queridos que decía en letras de color violeta: “Familia, amigos, les escribo desde esta nueva dirección de correo electrónico con éste, mi nombre... a ver si nos vamos acostumbrando... ¡ustedes y yo! ¡Los quiero mucho y los extraño! Besitos y abrazos. ¡Catalina!”. Al final de la entrevista, le salió una frase del alma: “Ahora puedo vivir con alegría”.

Pruebas del plan sistemático
     
“Vino la asistente del Movimiento y quedó encantada con el departamento. Conversamos mucho y me explicó que ella hace siete años que está en el Movimiento y nunca vio que entregaran niños con problemas de salud o malformaciones, que son muy sanitos y que a ella le llamaba la atención lo normal que son esos partos”, decía un tramo de la carta que escribió la apropiadora de Catalina de Sanctis Ovando a su apropiador, el mayor Carlos Hidalgo Garzón. Abuelas de la Plaza de Mayo pidió que sea incorporada como prueba al juicio sobre el plan sistemático de apropiación de hijos de desaparecidos y que Catalina declare para darle contexto. “La carta habla de un tipo de partos, como algo habitual, partos de los que estaba al tanto el Movimiento Familiar Cristiano (MFC), y de una asignación previa de los bebés”, explica el abogado Alan Iud, en alusión al valor del texto como posible prueba del “plan sistemático”. Además, recuerda, se conocen otros casos de chicos apropiados entregados a través del MFC: Milagros Castelli Trotta y Belén Altamiranda Taranto. Belén declara este martes en el juicio ante el TOF6. Existe, además, una causa en trámite sobre el MFC a cargo del juez subrogante Marcelo Martínez de Giorgi, en la que se investiga la intervención de esta organización de la Iglesia en la entrega de hijos de desaparecidos ofreciendo la cobertura legal de una adopción o la inscripción como hijos biológicos. Iud, además, señaló que no es frecuente que se allanen las casas de los apropiadores. Pero el caso de Catalina demuestra “lo importante que es esa medida, ya que así fue como la Justicia encontró la carta en cuestión”.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Fallo sobre la identidad de un joven apropiado

El nombre en cuestión

Federico nació en la ESMA en octubre de 1977. Mientras el terrorismo de Estado se devoraba a su madre, la esposa de un represor le entregó el bebé a una amiga de la infancia, quien junto a su marido lo inscribió y crió como hijo propio. El año pasado, cuando los estudios de ADN confirmaron que es hijo de Liliana Pereyra y de Eduardo Cagnola, el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi ordenó modificar su inscripción en el registro de las personas: respetó el nombre de pila elegido por los apropiadores –hoy procesados en libertad–, pero ordenó agregarle Federico, como su madre lo llamó durante el embarazo y sus primeros días de vida, y con sus apellidos: Cagnola Pereyra. La negativa del joven, que también pretende “sumar” el apellido del apropiador, derivó ayer en un fallo de la Cámara Federal porteña en el que se señaló la ausencia de una legislación armónica y le encomendaron al Congreso que de forma “imperiosa” dicte las normas procesales para “subsanar la situación”.

La causa estuvo originalmente en manos del juez Jorge Ballesteros, a quien reemplazó Martínez de Giorgi. Por irregularidades en la instrucción, los camaristas Eduardo Freiler y Eduardo Farah no se pronunciaron sobre la cuestión concreta, que encomendaron ahora al juez Julián Ercolini.

La Cámara cuestionó la investigación realizada en primera instancia en base a un informe presentado en mayo de 2010 por la Unidad Especial de la Procuración General de la Nación. Sus responsables, Jorge Auat y Pablo Parenti, señalaron que los presuntos imputados “aparecen manteniendo asiduas comunicaciones telefónicas” con empleados del juzgado, que “se da noticias a las presuntas víctimas vía mail o telefónica”, y cuestionaron “la tergiversación de los fines del proceso”, porque advirtieron una “pretensión excluyente” de conocer la identidad de la víctima por encima de “las circunstancias” que rodean a la apropiación y “la identificación de los responsables”.

Fue otro, sin embargo, el motivo invocado por Freiler y Farah para no pronunciarse. En enero de 2010, Martínez de Giorgi se desprendió de la causa penal que investiga a los responsables de la sustracción y sustitución de identidad (por sorteo recayó en Ercolini, quien luego procesó a los apropiadores), pero invocando “economía procesal” y “razones metodológicas” retuvo la tramitación de la restitución de identidad. Dos meses después declaró la nulidad de la inscripción y las modificaciones señaladas, en línea con las normas que emanan de la Convención de los Derechos del Niño y del Protocolo Facultativo del Comité de Derechos Humanos. El trámite en el Registro del Estado Civil y de la Capacidad de las Personas bonaerense no llegó a concretarse ante la apelación de los abogados del joven: plantearon que le habían impuesto “una pena sin delito” que le generaban “perjuicios patrimoniales, laborales y civiles” y que “prometen producir un daño descomunal en (su) salud psíquica”. Para los camaristas, la división del expediente fue un acto inválido. Explicaron que toda la causa debió pasar a Ercolini, medida que ahora ordenaron.

Ante un planteo de los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo, los camaristas también le ordenaron al juez de instrucción tomar medidas para poner fin a la incompatibilidad de intereses que pretende representar el abogado Miguel Angel Pierri, quien actúa en el mismo expediente en nombre de la víctima y de sus apropiadores.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Confirman un parto clandestino

Declararon una enfermera y un médico de Paraná.

Una enfermera jubilada, que trabajó durante la dictadura en el Hospital Militar de Paraná, admitió ayer que estuvo presente en marzo de 1978 cuando la desaparecida Raquel Negro dio a luz a sus mellizos. Natalia Krunn reconoció que fue la propia secuestrada quien le reveló su identidad y le confió que venía del centro clandestino de detención Quinta de Funes, cerca de Rosario. El médico Alfredo Berduc, que trabajaba en el sector de terapia intensiva, contó que el bebé varón, quien nació primero, tenía una cardiopatía severa. “No creo que ese niño haya vivido”, arriesgó. Los testimonios se produjeron durante la quinta jornada del juicio oral y público en el que se investiga el funcionamiento de una maternidad clandestina en esa dependencia del Ejército.

La enfermera Krunn reveló que la secuestrada se quejó de haber sido “maltratada” y dijo que pudo constatar, mientras la bañaba, “que tenía lesiones en la cola”. Relató que primero nació el varón, a quien Negro alcanzó a abrazar antes de que se lo llevaran “dos personas que yo no conocía, que dijeron que no estaba bien”. La nena “sí se quedó con la madre”, apuntó. “Al otro día, cuando volví a mi trabajo, pregunté qué fue de la parturienta y me dijeron que se la llevaron los familiares. Nunca más supe nada ni se habló de la chica”, completó.

El médico Berduc recordó que el niño “tenía una cardiopatía congénita severa y estaba cianótico (de color morado)”. “La cardiopatía del nene era severa y requería de decisiones muy drásticas”, dijo, y agregó que le pidió al director del hospital que dispusiera el traslado de los dos niños al Hospital Materno Infantil San Roque o al Instituto Privado de Pediatría de Paraná (IPP) para una mejor atención. Reconoció que “alguien” le dijo que la mujer estaba detenida y que “no averiguó” su paradero tras el parto. “En ese momento no se podía averiguar mucho, además yo no la atendí, porque no tenía ninguna patología de mi incumbencia”, agregó. Utilizando terminología técnica, Berduc explicó que, por el cuadro que presentaba el bebé, no pudo haber salido del Instituto de Pediatría sin una intervención de alta complejidad. “No creo que ese niño haya vivido”, concluyó.

Durante la audiencia declararon también la obstetra Gregoria Piquet y las enfermeras Alicia Haydeé Caminos de Baratero y Rosa Deharbe. El dato sugestivo de la jornada lo aportó la obstetra, quien recordó haber instruido sobre el trabajo de parto a una embarazada, aparentemente detenida, cuyas características no coinciden con las de Negro. Según Piquet, esa mujer gestaba un solo bebé y era madre primeriza, dato que avala la hipótesis del funcionamiento de una maternidad clandestina en el Hospital Militar y la presencia de otras jóvenes detenidas ilegalmente que eran conducidas allí para dar a luz.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Los hijos de Raquel Negro en el juicio a represores en Paraná

"No pudieron destruir a la familia"

Sabrina ofreció un testimonio contundente y emotivo, y pidió a la sociedad paranaense colaboración para localizar a su hermano mellizo. Otro hermano, Sebastián, hizo hincapié en la desmemoria de los médicos que atendieron el parto de su madre.
Por Juan Cruz Varela

Desde Paraná

Fueron cuarenta minutos intensos, llenos de nerviosismo y con una profunda carga emotiva. Hasta una jueza y la esposa de uno de los imputados dejaron escapar alguna lágrima. Sabrina Gullino contó detalladamente cómo ha ido armando su historia y reconstruyendo su identidad desde que en diciembre de 2008 se enteró que es hija de Raquel Negro y Tulio Valenzuela y que nació en el Hospital Militar de Paraná.

Se la notaba nerviosa, a pesar de que se mostraba sonriente, pero eligió cada palabra. Por momentos el silencio se adueñó de la sala, pero su testimonio fue seguro y contundente. Y no dudó en hablarle directamente a los imputados: "Los reos, me dijeron que les puedo decir así y que eso no es un insulto, son los responsables del secuestro de mi mamá, mi papá y mi hermano Sebastián; intentaron destruir a mi familia. Pero quiero que quede claro que no pudieron. Yo estoy acá y hablo también en nombre de mi hermano mellizo, que está desaparecido", les dijo mirándolos a la cara. "Ojalá se atrevan a romper el pacto de silencio y decir dónde está mi hermano. A la condena la tendrán igual, pero quizá quieran participar de otra manera en la Historia", agregó. También declaró su hermano,

Sebastián Alvarez, hijo de Raquel.

Las palabras de Sabrina sorprendieron y descolocaron a los imputados. Pascual Oscar Guerrieri, Jorge Alberto Fariña, Juan Daniel Amelong, Walter Salvador Dionisio Pagano, Marino Héctor González y Juan Antonio Zaccaría quedaron en silencio.

-¿Conoció usted a su madre biológica? -le preguntó el fiscal Candioti.

Sabrina lo miró a los ojos y le respondió con un silencio cargado de tensión que pareció interminable. Le sostuvo la mirada durante unos cuantos segundos hasta que el fiscal retomó la palabra.

-Yo le voy a hacer algunas preguntas que tal vez sean dolorosas pero es necesario para llegar a la verdad de lo que estamos investigando -insistió el fiscal.

-Debo haberla conocido, pero no me acuerdo. Era muy chiquita -respondió entonces Sabrina, ya con una sonrisa.

En otro tramo, la hija de Raquel Negro y Tucho Valenzuela reconoció también el aporte de las enfermeras que brindaron datos para la restitución de su identidad porque "se pusieron al hombro la verdad y expusieron lo que sabían ante la justicia", pero pidió que los médicos y a la sociedad paranaense colaboren para localizar a su hermano mellizo.

"Yo fui criada en una familia a la cual adoro; pero la verdad es que soy el resultado de dos imposibilidades: la primera es que yo debí haber crecido con mi mamá Raquel, mi papá Tucho y mis hermanos y quizás ni me llamaría Sabrina; y la segunda es que tendría que haberme criado con Sebastián, mis abuelos biológicos y mis tíos. Cómo cambia la vida", reflexionó sobre el final de su declaración.

Luego declaró Sebastián Alvarez, el hijo de Raquel Negro y hermano de Sabrina, que estuvo unos días en la Quinta de Funes cuando tenía un año y ocho meses. Su testimonio hizo hincapié en la desmemoria de los médicos que atendieron el parto de su madre. "Hay una clara diferencia entre las enfermeras que recuerdan el caso y los doctores que no recuerdan nada. A esto nos referimos cuando hablamos de las complicidades civiles con la dictadura. Hay un silencio sobre lo que pasó con los chicos", afirmó. Y en ese marco, aprovechó para reclamar a la sociedad paranaense que aporte todo cuanto sepa para tratar de localizar al mellizo varón. "Apelamos a la buena voluntad de la gente y a la memoria de los médicos y enfermeras porque necesitamos encontrar a nuestro hermano", sentenció.

En tanto, el represor Eduardo Costanzo no se presentó y en cambio envió una serie de certificados médicos en los que se consigna que padece un cuadro de diverticulitis aguda, por lo que su declaración será reprogramada para cuando esté en condiciones de hacerlo.

Los niños secuestrados

El testimonio de Isabel Cerruti

Por Alejandra Dandan

Los datos indirectos. Un antropólogo que le dijo que habló con Federico Talavera, el chofer del Grupo de Tareas. Que Talavera dijo que llevó a una secuestrada embarazada al Hospital Militar, que la sacó dos días más tarde, la trasladó a un centro clandestino en desuso, drogada. Que estuvo tirada en el suelo. Que la quemaron viva. Luego los relatos de primera fuente. Ella adentro del Olimpo, testigo del llamado de Gertrudis Hlaczik a su familia. Gertrudis convencida de que iba a escuchar noticias de su hija Claudia. La desesperación porque la niña no estaba con su familia. Su propia historia de madre de un niño de once meses en el centro clandestino. Isabel Teresa Cerruti es testigo desde el Juicio a las Juntas, pero ayer se sentó a hablar de las embarazadas y sus hijos secuestrados o apropiados a los que vio en el Banco y el Olimpo, en el marco de la audiencia por el Plan sistemático de robo de bebés.

“El 22 de julio de 1978 me sacan a mi hijo”, dijo. “Yo no me quería desaferrar de mi hijo. Entran al Banco. Me dijeron que no me preocupe que con los niños no se metían y cuando me hicieron desvestir para torturarme me dijeron que no tuviera miedo, que ellos no violaban mujeres, cosa que después supe y vi que no era así: que con los chicos sí se metieron y muchos hombres y mujeres fueron violados, pero en mi caso no fue así.”

Con el debate iniciado, el juramento hecho y su deseo de que se llegue a la verdad, el fiscal Martín Niklison le preguntó qué pasó con su hijo. “Cuando me llevan al Banco –dijo Isabel– me dicen que anote en un papel una dirección donde quería que lo llevaran. Luego nos enteramos de lo que sucedía con otros chicos, pero a los dos o tres días, no sé por qué criterios, los criterios los manejaban ellos, me hicieron llamar a la casa de mis padres para decirles que yo estaba viva, que no hicieran más denuncias y me dijeron que iba a saber cómo estaba mi hijo. Pregunté por Norberto y mamá me dijo que estaba durmiendo y ahí me quedé tranquila.”

Como dijo ella poco después, a veces la memoria abre y cierra algunas cosas. El Tribunal Oral Federal 6 convocó a Isabel a declarar por el caso de Claudia Poblete, la hija de Gertrudis Hlaczik y de José “Pepe” Poblete, apropiada por el coronel Ceferino Landa. Su caso es uno de los 35 que se investigan en el juicio. Pero Isabel no sólo habló de ella. Estimulada por las preguntas de la fiscalía y la querella de Abuelas de Plaza de Mayo, profundizó en las historias pendientes.

¿Con José Poblete y Gertrudis pudo hablar?, preguntó la fiscalía. “Yo estaba en el Olimpo, en celda dos, al lado de Susana Caride y enfrente mío estaban Gertrudis y Pepe.” Isabel había visto a Claudia Poblete en la enfermería del centro. Lo mismo que Susana Caride, que también declaró ayer. Estuvo cuando el Turco Julián llamó a Gertrudis para que hablara por teléfono con su familia. “Ellos estaban convencidos de que Claudia estaba con sus abuelos. Creemos, creíamos, que las personas que los habían llevado a hablar también creían eso, pero no sabemos si es así o que lo hicieron por perversión o ignorancia: ahí se entera Gertrudis, y luego al rato se entera Pepe, de que Claudia no estaba con los abuelos. Lo que nosotros vimos es el estado de desesperación que tenían cuando supieron que Claudia no estaba donde les habían dicho, que Claudia estaba desaparecida. Gertrudis estaba en un estado de angustia muy grande, él también y esto fue compartido por todos los que estábamos ahí. Nadie sabia qué hacer, qué decir, para tratar de contenerlos. Fue más que terrible.”

Pasaron demasiados años para las precisiones, pero Isabel está convencida de que esa llamada se hizo en diciembre, en alguna fecha cercana a las fiestas, pocos días antes del traslado definitivo de los dos. “De Gertrudis no recuerdo el traslado, pero sí la estadía”, explicó. “Más allá de que todos lo pasaron, el sometimiento físico, la discapacidad de José, que se burlaban de él porque no tenía sus piernas y le hacían hacer ejercicios burlescos, fue muy mortificante para él y para todos.”

También habló de Quintana, uno de los jefes de guardia. Recordó cómo durante sus guardias se organizaban lo que los sobrevivientes describieron como “circos romanos”. Las celdas laterales cerradas. Los tubos. El pasillo liberado para las peleas entre dos prisioneros.

Isabel habló también de Lucía Tartaglia, que pasó todo el embarazo secuestrada. Quedó embarazada de otro compañero, Horacio Cid de la Paz, exiliado, al que le reclamaron en la sala porque no denunció ese embarazo como propio. Cuando Lucía entró en trabajo de parto se la llevaron. Con el tiempo, Isabel supo a través del antropólogo Alejandro Incháurregui que Talavera le había dicho que manejó el auto con el que la sacaron del centro clandestino, la llevaron al Hospital Militar y la fueron a buscar dos o tres días más tarde. “La sacaron en el baúl de un auto media drogada –dijo Isabel–, la llevaron a un centro de detención en desuso, la pusieron en el piso y la quemaron viva.” También mencionó a Marta Vaccaro –“Está desaparecida y su hijo o hija también”–, Graciela Trotta, que recuperó la libertad antes del parto, y a Lucía Rebora y Carlos Guillermo Fassano. Ella estaba embarazada. Isabel dijo que escucharon cuando los asesinaron y después Susana Caride contó que sus cuerpos eran un colador.

Isabel estuvo seis meses secuestrada. A mediados de agosto de 1978 la trasladaron del Banco al Olimpo. Cuando se llevaron a José y a Gertrudis los que se quedaron en el centro clandestino se dieron cuenta de que la silla de ruedas de José había quedado en el pozo: “Esto nos daba la idea de que su traslado no había sido a una granja como nos decían”, dijo la mujer.