martes, 2 de agosto de 2011

El testimonio de Miriam Lewin en el juicio por el plan de apropiación de bebés

“La ESMA era una verdadera maternidad”

La periodista Miriam Lewin, que estuvo secuestrada en el centro clandestino de la Marina, contó cómo funcionaba la enfermería y cómo actuaban los represores con las embarazadas para quedarse con los bebés.

 Por Alejandra Dandan

Miriam Lewin habló de la enfermería en la Escuela Mecánica de la Armada, del parto de Patricia Roisinblit, de cómo cubrieron al bebé con una frazada y lo pusieron sobre el pecho de su madre. Dijo que todavía cree que las dos compañeras que la atendieron asistieron más de quince partos ahí. Explicó cómo el represor Héctor Febres pedía a las parturientas cartas con indicaciones y consejos, convenciéndolas de que los niños iban a ser entregados a las familias. “Treinta años después –dijo Lewin– todavía me reprocho cómo no nos dábamos cuenta de que se iban a quedar con los bebés. Si se quedaban con las casas, las vidas, con nuestros cuerpos, quedarse con nuestros bebés era algo natural para ellos, pero, para nosotros, pensarlo era algo monstruoso. A ninguna se le hubiese pasado por la cabeza que un ser humano quisiera hacer tanto mal a otro al punto de quedarse con su hijo. Yo no lo podía concebir.”

Lewin dejó de hablar en ese momento. La jueza María del Carmen Roqueta, a cargo del Tribunal Oral Federal 6, llamó a un cuarto intermedio. Sobreviviente pero a la vez testigo e investigadora del terrorismo de Estado, Lewin reconstruyó durante cuatro horas los días en el centro de extermino y, especialmente, el destino de las embarazadas. Su testimonio hizo eje esta vez en el robo de bebés y abrió un nuevo tramo del juicio por el plan sistemático de robo de niños durante la dictadura, que a partir de ahora ingresa en la ESMA, donde funcionó una de las maternidades clandestinas. La declaración entró en tensión cuando el abogado defensor del represor Jorge Acosta la acosó a preguntas, lentas y dispersas. “Esto es un juicio oral –le recordó la jueza–, intente ser ágil con las preguntas, doctor, y si necesita ayuda, tráigase un asistente.”

A Lewin la secuestraron en mayo de 1977, a los 19 años. Pasó por lo que cree era la comisaría 44ª y luego por una casa en la calle Virrey Ceballos, de la Fuerza Aérea, donde estuvo diez meses. “Hasta que un día me dijeron que me iban a trasladar a un centro de recuperación, no me dijeron la ESMA, me dijeron que iba a estar un tiempo, que iba a mantener contacto con mi familia y después iba a ir a una cárcel para cumplir una condena.”

Llegó a la ESMA en el baúl de un coche. Su caso estuvo a cargo del prefecto Raúl Scheller como oficial interrogador. Al comienzo, la alojaron en Capucha. “En un momento, en el que yo estaba ahí, comiendo sandwiches de carne mal oliente y tazones de mate cocido, pido ir al baño y cuando me levanto un poco el antifaz para no caerme veo, para mi sorpresa, en el pasillo que conducía al baño, a una chica con un bebé en brazos.”

Con el tiempo supo que era Alicia Elena Alfonsín de Cabandié. “Era bajita, tenía el pelo entre castaño y rubio, la piel blanca, muy bonita, los pechos hinchados y el vientre hinchado como quien dio a luz hace muy poco. Su bebé estaba recién nacido –dijo– y ella tenía un camisón azul largo. La escena me chocó, me parecía discordante en el entorno. Ella estaba como enseñándoles con alegría el bebé a otras mujeres.” Un poco más atrás estaba otra chica, morena, pelo largo, más delgada, con un pañuelo en la cabeza. También estaba embarazada. Años más tarde, Lewin supo que era Liliana Pereyra.

Sólo algunas prisioneras tenían un permiso “no escrito” para acompañar a las embarazadas, explicó. Una era Elisa Tokar; otra, Sara de Osatinsky, encargada de acompañar los partos, partos que Lewin hoy enumera en más de quince. Y también estaba Amalia Larralde, enfermera. “Sabíamos que el responsable era el prefecto Febres, el Gordo Selva, entraba y salía con mucha frecuencia del cuarto de embarazadas.” Ese cuarto estaba camino al Pañol, con la puerta generalmente cerrada. Lewin la vio entreabierta una vez y, adentro, camitas y una cómoda. “Por las compañeras que tenían autorización para acompañarlas –le dijo al fiscal Martín Niklison– sabíamos que los bebés los iban a entregar a las familias mientras ellas permanecían secuestradas.” Con el tiempo, “nos fuimos dando cuenta de que la ESMA era una verdadera maternidad donde se concentraban mujeres de distintos centros clandestinos que no tenían facilidad de albergar embarazadas o de llevar adelante el parto”.

En noviembre de 1978 llegó a la ESMA Patricia Roisinblit. Lewin la conocía como Mariana, la mujer de Matías, es decir, de José Manuel Pérez Rojo, con quienes había militado en el oeste del conurbano. Tenían una hija de más de un año y ahora Patricia estaba otra vez embarazada. Los marinos la pusieron en el tercer piso, en un cuarto sin ventilación ni luz natural. “Yo estaba autorizada para hablar con ella y acompañarla –dijo Lewin–, así que pasaba a verla. Le daban refuerzo de comida, uno o dos sachets de leche al día.”

Patricia estaba convencida de que su hija había quedado con sus padres, de que había estado secuestrada con Matías en una especie de quinta en el oeste, donde había quedado su marido. Lewin intentó convencerla de que para salvarse debía quedarse en la ESMA y también habló con Scheller. Pero el prefecto le recordó algo que explica por qué la ESMA era para algunas de las parturientas un lugar de paso: “Nos dijo que no podía hacer nada –contó Lewin–, porque tanto ella como el bebé pertenecían a la Fuerza Aérea”.

Un día le dijeron que Patricia estaba dando a luz y la llevaron al sótano: “Abro la puerta de la enfermería, la veo, le estaban cortando el cordón umbilical y estaban envolviendo al bebito y colocándoselo en el pecho. Era un varón. Estaban Sara y Amalia y había un médico que después identifiqué como Magnacco”. Lewin siguió: “Patricia estaba feliz, creo que nunca se imaginó lo que iba a pasar. Y dijo que se llamara Rodolfo... Rodolfo le puso. El médico le dijo que se había portado muy bien y había sido muy valiente. Nos quedamos mirando el bebé, era lindo... rubiecito, calculo que pesaría más de tres kilos. Y después no la vi más”.

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