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jueves, 6 de octubre de 2016

Nieto 121 : El hijo del Gringo Menna y Ani Lanzillotto del PRT - ERP

Una pieza en el rompecabezas de la historia

Estela Carlotto contó que las Abuelas y la Conadi ubicaron al joven porque su acta de nacimiento está firmada por una partera que participó en otros casos de niños apropiados durante la última dictadura. Su familia espera el encuentro. “Te amamos y no vamos a poner condiciones”, le dijo su hermano Ramiro.

“Nuestra patria es como un rompecabezas destrozado por la dictadura. Cada nieto que encontramos, cada resto que se identifica, es una piecita que colocamos. Necesitamos la ayuda de todos para armarlo. Y del Estado, claro”, dijo Alba Lanzillotto durante la conferencia de prensa realizada en la casa de las Abuelas de Plaza de Mayo para informar oficialmente sobre el encuentro de su sobrino, el hijo de su hermana Ana María Lanzillotto y de Domingo “El Gringo” Menna, ambos secuestrados en Villa Martelli el 19 de julio de 1976, cuando ella estaba embarazada de ocho meses. El niño que nació durante el cautiverio de su madre es hoy un hombre de 40 años, que ya sabe que fue apropiado, pero que todavía no se reunió con la familia que lo buscó todos estos años. A él le dedicaron su tía y su hermano Ramiro muchas de las frases que dijeron ayer, con la esperanza, casi certeza, de que las escuchara por televisión. “Acá hay una familia que tiene 40 años de amor para darte. No vamos a poner condiciones, sabemos que no es fácil lo que estás pasando, el camino a recorrer no es fácil, pero cuanto antes mejor”, dijo Ramiro Menna, con esa pelada y esa barba que, dicen, su hermano tiene casi por duplicado.

La conferencia empezó poco después de la una, cuando los integrantes de la gran familia Menna Lanzilotto se fueron acomodando de parados detrás de la mesa que los separaba de fotógrafos, camarógrafos, periodistas e invitados. Sobre el mantel bordó había dos micrófonos, una foto de Ana María Lanzillotto, el Gringo Menna y un Ramiro bebé y un ramo de jazmines. Chicos de todas las edades se mezclaban con los ya grandes nietos, con Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo línea fundadora y Lita Boitano, de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Los fotógrafos se desesperaban por la imagen de una niña de unos tres años y pullover fucsia que levantaba la foto de los padres desaparecidos del nuevo nieto, el caso 121 a los efectos de la estadística de las Abuelas.

Hubo aplausos para recibir a Alba, que caminaba apoyada en su bastón y que jugaba de local, ya que durante años fue secretaria de Abuelas de Plaza de Mayo. Avanzaba despacio y muy sonriente. Saludaba a los amigos a la distancia. Ramiro llegó con el puño en alto y su remera del Frente Riojano de Organización Popular, la organización en la que milita en Chepes, el pueblo donde se instaló cuando decidió dejar de ser cura salesiano y volver de Etiopía, donde se enamoró de su mujer. “Ana María Lanzillotto presente, ahora y siempre”. “Domingo Menna presente, ahora y siempre”. La frase que habitualmente cierra actos y reuniones, esta vez la abrió.

Los fotógrafos y camarógrafos seguían gritando y empujando, mientras Estela Carlotto, presidenta de las Abuelas, hacía gestiones para que todos pudieran ver. “La próxima vez lo hacemos en el CCK”, bromeó. Hubo aplausos. Justo hacían su entrada el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj y el representante de Derechos Humanos de la Cancillería, Leandro Despouy. “El Estado asume su compromiso al estar acá. No es gratuito. Significa que va a haber respuestas. Hay que esperarlas”, dijo Carlotto a modo de mensaje. Luego saludó a los presentes: “gracias por venir, nos hace mucha falta festejar, quedan muchas cosas por hacer y las tenemos que hacer entre todos, qué mejor que encontrar a los nietos que nos han robado”. Lo siguiente fue contar la historia de este joven, adulto, que recuperó su identidad. Sobre todo, la historia de sus padres y de cómo fue apropiado, aunque ese es un rompecabezas al que todavía le faltan piezas.

Ana María Lanzillotto y Domingo “El Gringo” Menna eran miembros del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Ana María nació el 22 de abril de 1947 en La Rioja. Tenía una hermana melliza, María Cristina, Tina. “En esa época no había ecografías y mi mamá no sabía nada. Cuando salió una la partera le dijo: “Doña Brígida, hay otra”, contó ayer Alba, que tenía 19 años cuando nacieron sus dos hermanas menores a las que los cinco mayores cuidaron casi como hijas. María Cristina también fue secuestrada durante el terrorismo de Estado. Sus restos fueron hallados en una fosa común en Avellaneda. Las “melli” estaban siempre juntas. En 1964 se recibieron de maestras y viajaron a estudiar a Tucumán: Ani, Derecho, y Tina, Escribanía. Allí tomaron contacto con el PRT y comenzaron su militancia.

Domingo Menna nació en Italia en 1947 y luego se instaló en Tres Arroyos. Empezó a militar en Córdoba, donde viajó a estudiar Medicina. Participó del Cordobazo y de la fuga del penal de Rawson. “Un día se presentó en la puerta de casa, `Soy el compañero de Ani y quiero hablar con su madre`. Se encerraron en la pieza. Cuando salieron, El gringo ya se la había metido en el bolsillo”, recordó Alba.

Ani y El Gringo fueron secuestrados el 19 de julio de 1976 en un operativo en el que el Ejército también capturó a los dirigentes del ERP Mario Roberto Santucho –que tenía previsto dejar el país al día siguiente– y Benito Urteaga. Ambos estaban en un departamento de Villa Martelli junto a Ana María y Liliana Delfino, la compañera de Santucho. Santucho y Urteaga fueron asesinados en el lugar o heridos de gravedad. El hecho fue presentado por los medios de la época como “un éxito en la lucha contra la subversión judeomarxista” que había permitido “aniquilar a la dirección de la organización revolucionaria”. Ani estaba embarazada de ocho meses y, por testimonios de sobrevivientes, se supo que fue llevada a Campo de Mayo, igual que el Gringo, secuestrado ese mismo día. Ella también fue vista en el centro clandestino “Puente 12” o Proto Banco. Su hijo nació en alguno de esos centros clandestinos de detención. Ramiro estuvo desaparecido hasta la primera o segunda semana de agosto de 1976, cuando su familia lo ubicó en una comisaría.

Las Abuelas informaron ayer que desde 2004 investigan denuncias sobre quien, ahora se sabe, es el sobrino de Alba y hermano de Ramiro: “El equipo de investigación había reunido documentación para aproximarse a él y plantearle la posibilidad de que fuera hijo de desaparecidos. Paralelamente, la Comisión Nacional Por el Derecho a la Identidad (Conadi) estaba realizando una investigación en colaboración con el juzgado federal Nº 3 de La Plata”. Es que el acta de nacimiento del hijo de Ana María y Domingo estaba firmada por la médica Juana Franicevich, quien ya había firmado las partidas de dos nietos restituidos.

En junio, miembros de la Conadi contactaron al sobrino de Alba y le propuso hacerse los análisis en el Banco Nacional de Datos Genéticos. El aceptó, pero estaba convencido de que era hijo de las personas que lo habían criado. La directora ejecutiva de Conadi, Claudia Carlotto, –ayer no estuvo en la conferencia debido al fallecimiento de su ex esposo Bruno Huck– le informó el lunes que las sospechas eran fundadas. Que era hijo de Domingo Menna y Ana María Lanzillotto.

“Es como que los chicos nacen de nuevo. Pero como deberían ser, como personas libres”, dijo Alba. Ramiro y Alba agradecieron a las Abuelas, a la Conadi y al Banco de Datos Genéticos. Ramiro dijo que entendía que la aparición de su hermano no era un hecho privado. “Lo siento como un logro de nuestra patria que se reconstruye en el marco de una lucha que siempre fue por la emancipación”. A la vez, le mandó un mensaje de tranquilidad a ese hombre al que todavía no conoce y que está asimilando esta noticia que le cambió la vida para adelante y para atrás: “Te damos tiempo, esperemos que sea más corto que largo. Te amamos y no vamos a poner condiciones. Sabemos que no es fácil lo que estás pasando”. Alba completó: “estamos anhelando el gran abrazo”.

jueves, 8 de agosto de 2013

El 'nieto' 109 de la dictadura argentina : niño chileno robado en la Operación Cóndor

Es uno de los 500 bebés robados a sus padres durante la dictadura argentina
Las abuelas de la Plaza de Mayo han conseguido identificarle

Jorge Barreno | Santiago de Chile
La agrupación argentina Abuelas de Plaza de Mayo ha anunciado una nueva restitución de identidad, la número 109 desde que se fundó la organización en 1977. Después de casi 38 años, Pablo Germán Athanasiu Laschan, hijo de chilenos extraditados, capturado durante la dictadura militar argentina, acaba de enterarse de quiénes eran sus verdaderos padres.

Así lo ha dado a conocer Estela de Carlotto, titular de la agrupación de derechos humanos, en una rueda de prensa en la que Pablo Germán no estuvo presente. "Es un afianzamiento de la democracia", dijo Carlotto, que aseguró que Athanasiu Laschan está conmocionado y que ahora "hay que darle tiempo, cuidarlo y acompañarlo".

El joven, que había nacido el 29 de octubre de 1975, fue secuestrado junto a sus padres el 15 de abril de 1976, cuando tenía cinco meses y medio. Era hijo del matrimonio chileno integrado por Frida Laschan Mellado y Ángel Athanasiu Jara, militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Su madre, Frida Laschan Mellado, nació el 10 de agosto de 1947 en Chile. Durante el gobierno de la Unión Popular de Salvador Allende, Frida ocupó un cargo en la Corporación de la Reforma Agraria (CORA). Su padre Ángel Athanasiu Jara, también había nacido en Chile el 15 de septiembre de 1954.

En marzo de 1974, después del golpe de Estado que dio Augusto Pinochet, Frida comenzó a ser perseguida por las fuerzas de seguridad chilenas. Tras pasar unos cuantos días en una comisaría de Lautaro, a unos 700 kilómetros al sur de la capital, y otra semana en una comisaría de Santiago de Chile, Frida se exilió en Buenos Aires, donde le esperaba su marido Ángel.

Ambos comenzaron a militar en el PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores). Vivieron ocho meses en Capital Federal y después se mudaron a San Martín de los Andes, Neuquén, hasta mediados de 1975. Como estaban siendo vigilados por los militares argentinos, Ángel y Frida, ya embarazada, decidieron volver a Buenos Aires.
El secuestro

En abril de 1976, la pareja y el pequeño fueron secuestrados del hotel en el que vivían, en un operativo realizado por fuerzas de seguridad dentro del Plan Cóndor, un grupo de operaciones coordinadas entre las cúpulas de los regímenes dictatoriales del Cono Sur de América.

Pablo Germán fue anotado como hijo propio con fecha de nacimiento 7 de enero de 1976, por un matrimonio con estrecha vinculación al régimen cívico-militar- Su padrastro se encuentra hoy detenido por una causa relacionada con crímenes de lesa humanidad.

Desde el secuestro de Ángel, Frida y Pablo, las familias Athanasiu y Laschan realizaron diversas denuncias e incluso viajaron a Buenos Aires para dar con el paradero de los jóvenes desaparecidos y el bebé. Los buscaron infructuosamecamente en cárceles, asilos y orfanatos.

A los 8 años el niño se enteró que era adoptado, a los 16, que era hijo de detenidos desaparecidos. Según la información dada a conocer por las Abuelas de Plaza de Mayo, en 1982 se llevó a cabo la denuncia por su desaparición -fue una de las primeras de la Asociación- ante el juzgado Federal Número 1, actualmente a cargo de la jueza María Romilda Servini de Cubría.

En abril de este año, y gracias a las informaciones que indicaban que podía ser hijo de desaparecidos, la organización Abuelas de Plaza de Mayo instaron a Pablo Germán a que se hiciera unas muestras de ADN para corrobrar la identidad de sus progenitores. En el proceso intervino la Dirección de Derechos Humanos del Ministerio de Seguridad de la Nación.

Hace un mes, Pablo Germán accedió voluntariamente a realizarse el examen inmunogenético. El 5 de agosto, la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) le informó, en un 99,99 por ciento de acierto, su pertenencia al grupo familiar Athanasiu Laschan.

“En nuestro corazón, en mi familia, mi hermana, no hay resentimiento, no hay rencor, no hay odio. Hay mucho perdón. Y de entender que nos tocó formar parte de una etapa en la Histioria de nuestro país”, había dicho hace unos años la tía de Pablo Germán, María Elena Athanasiu, a TVN de Chile.

“Que sepa que somos una familia normal, que aquí solamente va a encontrar cariño, respeto, amor, el amor incondicional ‘na más”, añadió la tía del chileno recuperado. Durante la dictadura argentina, que hizo desaparecer a cerca de 30.000 personas, unos 500 bebés fueron robados a sus padres.

martes, 6 de noviembre de 2012

Jorgelina Molina Planas: El largo camino desde el horror al arte

Fue una de las primeras nietas restituidas, pese a ello, a Jorgelina Molina Planas le llevó 26 años recuperar su verdadera identidad
A Jorgelina Paula Molina Planas le llevó 26 años recuperar su verdadera identidad

Por Horacio Aranda Gamboa

Fue una de las primeras nietas restituidas tras el retorno de la democracia, pese a ello, a Jorgelina Paula Molina Planas le llevó 26 años recuperar su verdadera identidad

Las pinturas, los acrílicos y dibujos que penden de las paredes y se multiplican, poseen una belleza de formas y colores inusuales. Son un conjunto de historias que van relatando el horror de una niña de tan sólo 3 años y medio, abandonada en un orfanato. Hablan de su soledad, del llanto. Describen la muerte y la desaparición de sus padres, de cómo debió juntar los pedazos hasta volver a saber quién era. A simple vista, su historia no es simple, ni lineal, tiene matices, como sus cuadros, que pasan de lo oscuro a la luminosidad y que son su carta de presentación.

“Cuando fui entregada en adopción el único modo que encontré para expresar lo que vivía fue a través del dibujo y la pintura”, dice ahora Jorgelina Paula Molina Planas, una de las primeras nietas restituidas en el año 1984. Sostiene que todo ese transitar a través del arte debió ser “mediante códigos, para que mis padres adoptivos no supieran lo que estaba queriendo decir; entonces usaba símbolos, cosas abstractas para no decir y decir al mismo tiempo, y ese fue el único modo que encontré para no terminar enfermándome”.

Sobre una de las repisas del living descansan dos tarjetas navideñas confeccionadas a mano y que denotan un trazo semejante y firme. La primera data de la Navidad de 1999 y está firmada por Carolina Sala, su nombre antiguo, el que le impusieron los padres adoptivos. La segunda se remonta al año 1972 y lleva estampado el nombre de Cristina Isabel Planas, su madre biológica, quien en ese momento se encontraba detenida como presa política en el penal de Rawson. La similitud entre ambas tarjetas es evidente, y el regalo –atesorado por un familiar– terminó llegando a sus manos como un regalo inesperado de la vida.

Mientras la mujer comienza a relatar su historia sentada a la mesa de su casa de San Fernando, su hijo de tan solo 1 año deambula por las habitaciones o va emitiendo golpecitos suaves que llegan desde la puerta de la cocina. La joven observa la escena y se vuelve como pidiendo comprensión mientras sus labios dejan escapar una sonrisa de complicidad. Lo cierto es que hasta llegar a este presente de plenitud, Jorgelina debió atravesar un extenso territorio de soledades, angustias, manipulaciones y mentiras.

Su historia se comenzó a desgranar el 15 de mayo de 1977 cuando fuerzas conjuntas llevaron a cabo un operativo en una vivienda de la localidad bonaerense de Lanús en la que iban a ser capturados cinco integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y entre los que se encontraba Cristina. De ella nunca se volvería a tener noticias y a la fecha figura como desaparecida. Antes de que se la llevaran, su madre la entregó a una mujer que la cuidaba.

Tres años antes, el 12 de agosto de 1974, su padre, José María Molina, integrante de la misma organización armada, era fusilado por el Ejército tras protagonizar el intento de copamiento fallido del regimiento de Capilla del Rosario en la provincia de Catamarca.

Con la bebé en su poder, la mujer a la que había sido entregada en guarda realizó una serie de intentos en pos de dar con el resto de su familia hasta que finalmente decidió entregarla a la Justicia.

Ya en manos de la jueza Delia Pons, titular del Juzgado Nº 1 de Menores de Lomas de Zamora, la niña sería derivada a un orfanato donde iba a permanecer por espacio de seis meses. En ese lapso, Pons nunca se tomó la molestia de rastrear a su familia biológica. “Ella tenía la idea de que ningún hijo de ‘subversivos’ debía ser criado por su familia de origen, sino que debían ser dados en adopción, y ahí es donde se ve el tema del plan sistemático”, cuenta hoy Jorgelina, y agrega que “una vez que me llevan al hogar me otorgan en tránsito a una familia de un oficial de la Fuerza Aérea, quien me venía a visitar, me llevaba a pasear y el que comienza a investigar para ver si podía encontrar a mi familia. Pronto se da cuenta que yo tenía papeles falsos –debido al pase a la clandestinidad de mis padres–, y cuando se lo dice a la jueza ésta le advierte que me entregará en adopción a una familia, la que me cambiará el nombre”.

Mientras todo esto sucedía, su abuela paterna, Ana Taleb de Molina, exiliada en Suecia, comienza una búsqueda incesante para dar con su paradero, la que no abandonará hasta el día de su muerte. Años más tarde se sumará a esa búsqueda su hermano Damián, cinco años mayor que ella e hijo de una ex pareja de su madre.

El 11 de octubre de 1977 finalmente la Justicia la entrega en adopción a un matrimonio conformado por una profesora de biología y un ingeniero civil, impedidos de tener hijos propios. Jorgelina Paula Planas, apellido con que la había anotado su mamá, pasa a llamarse Carolina Sala, y a partir de ahí la niña, junto a su nuevo hermano Fernando, otro hijo adoptado, comienza a vivir una historia plagada de ocultamientos y mentiras.

“Sentía que había llegado a ellos como una cosa que venía a ocupar un agujero de los hijos que no habían podido tener y mi madre adoptiva, una mujer obsesiva, posesiva y sobreprotectora, depositó en mí todas sus frustraciones”, y recuerda que el matrimonio se refería a sus padres biológicos “en un tono despectivo, decían que ‘eran guerrilleros y que ponían bombas’ y que gracias a ellos yo no iba a ser así” y que si algún día alguien me buscaba, ellos me iban a cuidar para que eso no sucediera.

En 1984, la infatigable búsqueda de Ana Taleb de Molina y de Abuelas de Plaza de Mayo terminó dando frutos, formalmente Jorgelina pasó a ser una nieta restituida. En abril de 1996, como un modo de buscar la paz interior que nunca había tenido, la joven ingresa a la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, donde va a permanecer por el lapso de seis años. En 1992, y sin siquiera poder darle un abrazo, fallece su abuela en Suecia.

El ingreso al convento y el impulso de las monjas la llevan a tender un puente con su historia y un mes más tarde se terminará encontrando con su hermano Damián, al que le había rehuido durante todos esos años. De ahí a reencontrarse con el resto de la familia hubo sólo un tranco.

En el año 2002 Jorgelina abandona el convento y conoce a Antonio, quien a la postre se convertiría en su marido y en el padre de sus tres hijos, Ignacio, Camila y Juan Manuel. La muerte de su madre adoptiva, ocurrida en el año 2009 y crisis mediante, le otorga una sensación de libertad, y pese al temor de la reacción de su familia de adopción, un año después y a veintiséis de hacer sido restituida, decide desandar el largo y doloroso camino recorrido y regresar a su nombre de origen. En medio de toda esa situación, desde Suecia, recibió un regalo que la ayudará a acelerar el proceso. Uno de sus primos de viaje por ese país regresa con una valija repleta de cartas y fotos de su abuela que yacían en un placard cerrado con llave, las que relatan el largo periplo de Ana en pos de reencontrase con ella.

“Al leer esas cartas pude ver el amor de mi abuela, supe de su búsqueda incansable, de su perseverancia, de su lucidez”, y con un dejo de melancolía agrega que pudo percibir “su dolor y entender que lo único que quería era darme un abrazo y comprendí que ningún ser humano que me quisiese bien le podía negar esa posibilidad”.

Antes de despedirse, Jorgelina refiere que cuando mira hacia el pasado logra ver a una niña de 3 años y medio sentada sola y sin entender, a la que envolviendo entre sus brazos sólo atinaría a decirle “quedate tranquila que vas a tener una nueva vida”, dice esto y se marcha tranquila caminando despacio, segura de que el futuro está aquí y llegó para quedarse.

Muestra en Pilar: “G.I.R. - Geografías Interiores. Reconstrucción”

La relación de Molina Planas con el arte está estrechamente vinculada a su familia: “Mi madre era muy creativa y tenía una natural sensibilidad con las artes plásticas”, y su padre, de quien dice haber recibido menos información, “estudió arquitectura y era muy apasionado y disciplinado”.

Una vez reencontrada con su historia, en agosto del año pasado y junto a otras artistas hijas de desaparecidos, ideó una muestra a la que dio en llamar “Familias Q’HEridas” que tuvo lugar en el Centro Cultural Recoleta con enorme aceptación.

En la actualidad, la artista cuya obra sorprende por su potencia expresiva y sus colores destellantes, trabaja en una nueva exposición a la que denominó “G.I.R. - Geografías Interiores. Reconstrucción”, cuya inauguración tendrá lugar el próximo 10 de noviembre a las 17 en la Casa de la Memoria de Pilar, ubicada en San Martín 891 de esa localidad, y que se extenderá hasta el 8 de diciembre.

La muestra, que cuenta con el aval de Abuelas de Plaza de Mayo, está compuesta por pinturas, dibujos, collages, fotografías, documentos y cartas personales que permitirán un recorrido biográfico y artístico sobre el proceso de reconstrucción de su identidad.