martes, 27 de marzo de 2012

La complicidad de la Iglesia y los jueces

Segundo día del alegato

Los representantes del organismo de derechos humanos hablaron sobre las maternidades clandestinas, del rol de la Justicia y la Iglesia. Hoy finalizará el alegato adelantado el sábado por Página/12 con el pedido de las penas máximas para los acusados.

 Por Alejandra Dandan

Cuando los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo recordaron el testimonio de María Rosa Martí, la sala volvió a entrar a la Escuela de Mecánica de la Armada. “Un día nos dieron una mandarina y ese día me enteré de que estaban las embarazadas, ahí, en ese rincón, a mi derecha. Para comer nos teníamos que sentar. Me cae una mandarina y una voz de mujer que nunca supe quién era, me susurra: ‘Pasala para las embarazadas’. Me empezaron a caer una tras otra las mandarinas, o sea que toda la capucha sabía que había embarazadas. Fueron tantas las mandarinas que al otro día pasaban de derecha a izquierda, porque las embarazadas no las podían comer todas.” El segundo día de alegatos de la querella de Abuelas de Plaza de Mayo en el juicio por el plan sistemático de robo de bebés fue intenso e inabarcable. La querella organizó las pruebas sobre once mujeres embarazadas que parieron en la ESMA y describió el sector de Epidemiología del Hospital Militar de Campo de Mayo, donde parieron secuestradas. Explicaron cómo se establecieron las maternidades clandestinas en estos dos lugares, uno era el centro clandestino más importante de la Marina y el otro del Ejército.

Durante el alegato, que terminará hoy con el pedido de las máximas condenas previstas en el Código Penal para los acusados, que podrían llegar a los 50 años, mencionaron también la responsabilidad de la Iglesia y del Poder Judicial. “Ambas fueron plenamente conscientes de la apropiación de niños, llegando a tener instancias de complicidad”, dijo el equipo de abogados. Recordaron las entrevistas de las Abuelas con quienes integraron la Corte Suprema de Justicia; los hábeas corpus; a la jueza Marta Pons, en Lomas de Zamora; al ex fiscal Juan Martín Romero Victorica en el caso de Victoria Montenegro o, entre otros, cuando el juez Gustavo Mitchell mandó decirle a Estela de Carlotto que se cuidara “porque por lo que hacía podía aparecer en una zanja”.

El dictador Jorge Rafael Videla permaneció sentado al lado del último presidente de facto, Reynaldo Bignone que, como en otros tiempos, le hizo de acólito. Cuando los arrebatos del sueño dormían al dictador, como el día anterior, Bignone le sacudió los brazos para devolverlo al peso insoportable del presente.

Sobre la Iglesia, los abogados enumeraron todas las intervenciones que arrojó el juicio: “Son numerosos los hechos que nos llevan a probar la complicidad orgánica que existió entre las juntas militares y la Iglesia Católica, en particular en el plan de sustracción de bebés”, dijeron. Entre las muchas referencias, mencionaron al Movimiento Familiar Cristiano (que hizo de intermediario en algunos casos), a las monjas de la congregación Hijas de la Misericordia de la 3ª Orden Regular de San Francisco, que estuvieron en Campo de Mayo. Y al sacerdote Federico Gogala, capellán militar de esa guarnición.

El día había empezado temprano. Entre el público estuvieron los nietos recuperados e hijos de muchos de los desaparecidos mencionados durante el juicio. Llegaron de a turnos, como pasándose la posta, Horacio Pietragalla, Catalina de Sanctis Ovando, Verónica Castelli y Camilo Juárez. Más cerca de los abogados de Abuelas estuvieron Abel y Francisco Madariaga, padre e hijo, cuya experiencia forma parte de esta causa.

Durante la tarde, la audiencia se interrumpió unos minutos. Alan Iud, uno de los abogados, leía la historia de búsqueda de las Abuelas. Mencionó a Buscarita Roa, cuando su consuegra la llamó para avisarle que no tenía a su nieta: “Habíamos presentado varios hábeas corpus, y me dice: ‘¿Qué vamos a hacer? Vamos a buscar a la nena’. Se suponía que la iban a entregar a los abuelos. Así es que me acerco a la Plaza de Mayo porque veo a la gente en las rondas. Y me encuentro con Clara Jurado, que me pregunta qué me pasa, y le cuento. Me dice: ‘Nosotros estamos en ésta también. Quedate con nosotros’. Empiezo a caminar con ella y me pasa un pañuelo blanco. Yo tenía mucho miedo de que me vieran del trabajo. ¿Qué iba a ser de mis otros seis hijos si me quedaba sin trabajo?”. En ese momento, el abogado se conmovió. La presidenta del Tribunal 6, María del Carmen Roqueta, habilitó un cuarto intermedio.

Hasta ese momento todo había sido intenso. El abogado Agustín Chit reconstruyó la escalofriante cronología con la que se organizó en la ESMA el espacio para las embarazadas y se “montó un protocolo de actuación con el fin de desalentar la resistencia de las futuras madres”.

“La llamada Sardá de Chamorro (por el jefe de la ESMA) o la Sardá por izquierda, que estuvo en el Casino de Oficiales, pasó por varias etapas.” Así se vio cómo el espacio estuvo primero en Capucha o Camarotes, donde las parturientas estaban como todos los demás. La segunda etapa comenzó en junio de 1977 con una celda convertida en la Pieza de las Embarazadas, con tres o cuatro camas y una mesa grande en el medio, ventanas tapadas con rejas, donde se hacían los partos. Para noviembre de 1977 las embarazadas fueron mudadas a otra habitación. La pieza funcionó hasta abril o mayo de 1978.

La regla, dijeron, era clara: los niños nacidos en cautiverio no debían ser enviados a sus familias. Devolverlos hubiera sido un tácito reconocimiento de su prolongado cautiverio, que había sido negado frente a los reclamos. Y, como el primer día, anclaron la desaparición y el robo de niños en la política de exterminio a los militantes políticos: “Es erróneo afirmar que la dictadura secuestraba a estas mujeres para robarles a sus niños. Su secuestro, si se le puede dar algún motivo, respondía a que eran militantes políticas”. Y advirtieron: “Como ya dijimos, las Fuerzas Armadas no dieron el golpe de Estado con el propósito de distribuir niños entre parejas infértiles, sino que su propósito, su detallado plan, fue exterminar a los militantes políticos revolucionarios. Y en la ejecución de ese plan decidieron que frente a los alumbramientos producidos, esos niños no vayan con sus familias, salvo que la madre también fuera liberada”.

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