viernes, 19 de agosto de 2011

Los niños apropiados en Campo de Mayo

Los represores Antonio Bussi y Santiago Onar Riveros otra vez a juicio.

La Cámara Federal rechazó un planteo de nulidad de la defensa de los dos jefes de la represión y confirmó que van a juicio. También serán juzgados dos médicos.
     
El ex gobernador tucumano Antonio Domingo Bussi y el ex jefe de Campo de Mayo Santiago Omar Riveros irán a un nuevo juicio oral, esta vez por apropiación de bebés en esa guarnición durante la dictadura. Así lo confirmó la Cámara Federal porteña, que rechazó los planteos de nulidad formulados por las defensas de los represores y de dos médicos acusados en la causa.

Riveros fue titular del Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo y Bussi segundo comandante, luego de haber estado a cargo en Tucumán del Operativo Independencia. Los médicos acusados son Jorge Habid Haddad, que se de-sempeñó como subdirector del Hospital Militar de Campo de Mayo, y Ramón Oscar Capecce, ex jefe del Servicio de Cirugía, ambos a cargo de la maternidad clandestina donde las mujeres secuestradas dieron a luz a sus hijos luego apropiados.

Los represores deberán responder por los delitos de “sustracción, retención, ocultamiento y supresión de identidad” de los bebés nacidos en Campo de Mayo entre 1976 y 1978. Los casos concretos que se ventilarán en el juicio oral ahora confirmado son el robo de los bebés de María Eva Duarte de Aranda, Marta Graciela Alvarez, Susana Stritzler, Myriam Ovando y Liliana Isabel Acuña.

Los abogados defensores de los acusados habían pedido la nulidad de las elevaciones a juicio, aduciendo que los pedidos de la fiscalía y de los querellantes –entre quienes están la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos y Abuelas de Plaza de Mayo– eran “imprecisas”.

Sin embargo, la Cámara Federal señaló que no encontró “defectos formales que justifiquen la sanción procesal pretendida”. El fallo fue firmado por los jueces Eduardo Farah y Jorge Ballestero.

Bussi tiene en el haber una condena a prisión perpetua, que cumple en un country de Yerba Buena, en Tucumán. Riveros, que también fue condenado a cadena perpetua por violaciones a los derechos humanos, consiguió que la Cámara de Casación le concediera el beneficio de la prisión domiciliaria.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Reclamo contra un prófugo

Carlos Viñas, tío del joven apropiado por el represor Jorge Vildoza

Pidió que busquen y arresten al represor Jorge Vildoza, que está prófugo. “Mientras no se haga justicia, no sé si ese chico está libre de verdad o en libertad vigilada –dijo–. Pudo haber recuperado su identidad, pero no su libertad.”
Por Alejandra Dandan

Javier Gonzalo Penino Viñas recuperó su identidad en 1998, pero como su apropiador sigue prófugo, la familia está convencida de que aún no recuperó la libertad. Su historia es una de las que se investigan en el juicio por el plan sistemático de apropiación de niños y por lo que se busca al marino y represor Jorge Vildoza, uno de los jefes de la patota de la ESMA. Ayer declaró Carlos Roberto Viñas, el hermano de la madre de Javier, y pidió a la Justicia que acelere la búsqueda de Vildoza: “Mientras no se haga justicia, no sé si ese chico está libre de verdad o en libertad vigilada” porque “pudo haber recuperado su identidad –explicó–, pero no su libertad”.

“Mi sobrino fue restituido en el año ’98 y nos encontramos con una persona sorprendida porque había vivido 21 años con una mentira en un ambiente en el que, cuando leo o escucho declaraciones de otros chicos, descubro lo que le estuvo pasando”, dijo el tío. Javier fue a un colegio inglés, como los de las películas, con carácter, y según las denuncias le tenía terror a su apropiador. “Que cuando estaba por retarlo, él mismo decía: ‘Yo me pego’, ‘Yo me pego’, antes de que el otro le infligiera el castigo”, por eso dijo que “mientras no tengamos a Vildoza, mientras no se haga justicia, ese chico no sé si está libre”. Javier sabe quién es, dijo Carlos, lleva el apellido de la madre y del padre, “no tiene dudas porque es igual a los primos, el parecido es impresionante, pero cómo sé yo que así puede superar la perversidad con la que fue criado”.
Las llamadas de Cecilia

El caso Viñas ganó visibilidad porque Cecilia se comunicó por teléfono con su familia después de estar siete años desaparecida. Su hermano Carlos siguió cada una de las ocho llamadas que hizo su hermana entre fines de 1983 y 1984 desde distintos lugares, entre ellos uno que hoy se supone fue una de las bases operativas de la marina que siguieron funcionando hasta esa época, por lo menos, cerca de Mar del Plata. Carlos también habló con su hermana y más tarde se empantanó con las promesas de una investigación encarada por el primer alfonsinismo, que los puso en manos de supuestos cuerpos de elite de la misma policía que había formado parte de los grupos operativos. Con los años, Carlos siguió las pistas para encontrar a su sobrino. Cecilia estaba embarazada de siete meses cuando la secuestraron y por los testimonios de los sobrevivientes de la ESMA supieron que había tenido un varón.

Los primeros datos del destino del niño hablaban de Vildoza, el segundo jefe de la Escuela de Mecánica de la Armada entre el ’76 y el ’80. La información llegó a Abuelas de Plaza de Mayo a través de un médico pediatra que atendió a un niño en una casa del barrio de Martínez. El médico se topó en el living con la foto de un marino, encontró a una madre con la edad de una abuela y la habitación del niño como una especie de “quirófano”. “No era la pieza normal de un bebé –dijo su tío– sino de un chico muy reprimido, digamos, y cuando vimos al médico él nos dijo que el chico le había llamado la atención porque era un chico triste.”

Las investigaciones se extendieron hasta 1998, cuando Javier recuperó su identidad, pero de algún modo todavía no terminan.

El primer juez que tuvo la causa trató a Vildoza “con sumo respeto, le preguntó si estaba de acuerdo en hacerse un análisis para saber su relación con Javier, pero se negó porque dijo que era una práctica cruenta”. Cuando, más tarde, otro juez, en otro juzgado, volvió a llamarlo, Vildoza estaba fugado. En el medio, Carlos descubría datos cada vez más insólitos, como que uno de los hijos del marino hasta los años ’90 prestó, paradójicamente, servicio en la Inteligencia Naval. Años después, en medio de las investigaciones que hizo en España el juez Baltasar Garzón, Carlos y su madre viajaron para declarar. A partir de una entrevista en televisión, repetida en países de la Unión Europea, Vildoza supo que lo estaban denunciando. Llamó al juzgado de María Servini de Cubría para decir que era todas mentiras. La jueza lo invitó a viajar a Buenos Aires para despejar las dudas porque él estaba en Londres, pero el marino no lo hizo.

“Creo que ahí hay un punto en el que la Justicia está en deuda con la sociedad y con nosotros –dijo Carlos–. Porque el apropiador de mi sobrino sigue prófugo y desde que se hizo la restitución evidentemente hay cosas que no se entienden, como la invisibilización de este personaje, que curiosamente en este juicio no está ni como imputado.”

Carlos está convencido de que Vildoza también puede decirle algo más de dónde estuvo su hermana. De qué pasó con ella. De qué eran esas llamadas. Carlos terminó asociando la inmunidad de este personaje con datos que aparecieron en las declaraciones de Adolfo Scilingo, el tráfico de armas y los negocios que se protegieron en los años ‘90. “Creo que esto tiene que ver con que nosotros no hagamos juicio testimonial sino un juicio que tenga efectos, que realmente cumpla el objetivo que es no sólo que se fundamente el robo sistemático de bebés, sino que quienes hicieron y fueron parte activa, muy activa, no sé si en este momento no están operando todavía.”

La declaración de Carlos estuvo atravesada por la relación con Javier, que los Viñas parecen no terminar de resolver, porque él aparece tironeado por sensaciones de dos mundos, que sin una cárcel de por medio, como dicen muchas de las víctimas, parecen perpetuarse.

“Yo no hace mucho leí historias de recuperación, y éste creo que es el hilo que le va a permitir a mi sobrino saber exactamente quién era el monstruo que lo apropió, que eso le va a permitir a él moverse con libertad total, saber que ese tipo que lo reprimía de chico no está en libertad, que está siendo juzgado como corresponde.”

martes, 16 de agosto de 2011

Una sobreviviente de la ESMA, una nena secuestrada con sus padres

"Creía que me habían abandonado”

Víctor Basterra contó en el juicio por robo de bebés que vio en la ESMA a a los padres de María Ruiz Dameri y a sus hijos. Ella y un hermano fueron dejados en un hospital y entregados en adopción. Su hermana fue apropiada por el represor Azic.

 Por Alejandra Dandan

–¿Su nombre?

–Biológicamente, María de las Victorias Ruiz Dameri. Según mi DNI, Victoria Torres.

–¿Lugar de nacimiento?

–Biológicamente en Suiza. Según el DNI, en Argentina.

–¿Fecha de nacimiento?

–Biológicamente, 25 de marzo de 1978; según el DNI, 17 de diciembre de 1977.

La jueza María del Carmen Roqueta le preguntó a María de las Victorias si tenía algún vínculo de parentesco o deuda pendiente con alguno de los represores acusados en el contexto de esa audiencia del Juicio por el Plan sistemático de robo de bebés. Respondió corto, muy corto, pero dijo que sí: “Con uno de ellos sí, con el señor Azic, porque se apropió de mi hermana; porque mi mamá, mi papá, mi hermano y yo estuvimos en la Escuela Mecánica de la Armada y sé por testimonios que él participó de las torturas”.

María de las Victorias acababa de sentarse en la silla que hasta poco antes había ocupado Víctor Basterra, uno de los sobrevivientes de la ESMA que vio a su madre embarazada, que estuvo cerca del nacimiento de su hermana, que había llegado a tener a esa niña en brazos por unos segundos y que llegó a ver en un pasillo del sótano de la Escuela de Mecánica la imagen absurda de dos niños: “Yo dije que fue conmovedor el caso de Silvia y Orlando”, había dicho Basterra sobre los padres. “Yo calculo que los secuestraron aproximadamente para mayo o junio del año 1980; Silvia tenía un embarazo muy pronunciado y lo notable es que habían sido secuestrados con dos criaturas, tendrían tres o cuatro años y en ese sótano tenebroso, en donde estaban torturando en la pieza de al lado a Orlando Ruiz, ellos corrían y se deslizaban por los pasillos porque resbalaban y era como un juego. Yo fui secuestrado con mi hija de dos meses, pero que haya una criatura en esa situación es muy conmovedor por lo menos.”

Basterra vio a esos dos niños varias veces ahí. Alguna vez también dejó de verlos. Para septiembre, Silvia había tenido el parto y durante mucho tiempo él le perdió la pista. Alguna vez vio una foto con su imagen en una pileta y supuso que era en una de las quintas que los marinos usaban como casas operativas. Le llamó la atención no sólo la imagen sino el contexto, se quedó pensando, porque los marinos a veces buscaban revelar las fotos de familia en el laboratorio del centro clandestino. Meses después preguntó por los otros dos hijos de Silvia a un guardia, un chofer, apodado Merluza, de apellido Martín. El hombre le dijo que los niños habían sido entregados a un hogar naval, y durante años no supo más nada.
María de las Victorias

María de las Victorias no escuchó su testimonio porque así son las reglas de los juicios. Ahora estaba sentada frente al Tribunal Oral Federal 6 e intentaba responder a la fiscalía “¿Cuándo supo que usted tenía otra identidad biológica?”, le preguntó Martín Niklison. Y ella dijo que lo supo en el año 2000, cuando la llamaron del Banco Nacional de Datos Genéticos para decirle que era hija de Silvia y Orlando. “Viví anteriormente con mi familia adoptiva –explicó–, Norma y Humberto Torres, que me adoptaron después de que alguien me dejara abandonada en la puerta de un sanatorio de niños en Rosario. Estaban en trámite de adopción desde hacía diez años, les toqué yo y me llevaron a vivir al pueblo donde todavía vivo, en Figueras. Tenía casi tres años, por lo que siempre supe que no era hija biológica del matrimonio y siempre me comentaron la realidad de que no era su hija. Viví creyendo esa historia, sintiéndome abandonada.”

–¿Cómo llegó a la idea de hacerse el ADN? –preguntó el fiscal. Y ella dijo: “Un día estábamos con mi familia adoptiva leyendo Clarín, y había fotos de niños, de varios chicos, con un título que decía ‘Más de 20 años’. En esa página veo una foto de una nena que se llamaba María de las Victorias Ruiz Dameri y empecé a gritar: ¡¡¡Esta nena soy yo!!!”.

Era domingo. El lunes hablaron al diario, pidieron un teléfono de algún organismo de derechos humanos en Buenos Aires. Les dieron un turno para el estudio y con el resultado empezó a conocer la historia familiar. Supo que a su hermano Marcelo se lo habían llevado a Córdoba, que había sido adoptado por una familia y restituido en los ’90 por las Abuelas. Que a él, como a ella, los habían dejado con un cartel colgado en el cuello con el nombre y una leyenda diciendo que sus padres no los podían mantener, y Dios los ayude. Además supo que tenía otra hermana. Que esa hermana era la que había nacido en la ESMA y había sido apropiada por Juan Antonio Azic, el mismo que se apropió de Victoria Donda.

Durante años, hubo imágenes infantiles con esas escenas. María de las Victorias dijo que cuando era chica y veía la imagen de Menotti en televisión salía corriendo a esconderse abajo de una mesa y gritaba que por favor no llegue a buscarla el Tío Tommy. “Y también recuerdo –aclaró– haber tenido durante mucho tiempo muchas pesadillas con personas disfrazadas de payasos que siempre se aproximaban a mí. Yo era muy chica, y esos sueños lo que hacían eran levantarme fiebre.”

Los abogados de Abuelas sentados atrás, entre las querellas, le preguntaron de quién hablaba cuando hablaba de Tommy. Ella dijo que con el tiempo supo que Tommy era el apodo del médico represor Carlos Octavio Capdevilla, la persona a quien Basterra había mencionado a cargo del parto de la madre, el mismo que después del parto levantó a su hermana todavía con líquido amniótico. Que la puso en los brazos de Basterra, que la pasó a otro compañero, que volvió a llevársela a la huevera, la sala de torturas más importante que tuvo la ESMA, usada en el momento del parto.

El fiscal Martín Niklison le preguntó a María de las Victorias por su hermana. Ella dijo poco. Dijo que siempre vivió con Azic. “Y las pocas veces que pudimos hablar, me dijo que ama mucho a su apropiador.”

Una noche, ocho años atrás, María de las Victorias llamó a la casa de Víctor Basterra. Era la una de la mañana. “¿Víctor Basterra?”, preguntó. “Sí”, respondió él, que habló del llamado en la audiencia. “Soy Victoria Ruiz, me dijo la voz y a mí se me heló la sangre –explicó–, yo tenía la incertidumbre de qué es lo que había pasado con esas criaturas, por una versión sabía que estaban en Córdoba y en Rosario, pero ella ahora me llamaba porque hacía cuatro meses que estaba embarazada y tenía el alma agitada porque quería encontrar a su hermana.” Todavía no la había visto. Basterra habló de Azic. “Yo lo conocí como un torturador de mucho predicamento entre sus compañeros, incluso le tenían un poco de temor y lo conocí bien porque fue el que participó en el robo de mi casa. Fue el que se llevó a mi madre, la obligó a firmar un poder especial en connivencia con Adolfo Donda Tigel, y esa persona es la que se había apropiado de esa criatura que yo había tenido en mis brazos.” Basterra recordó que en los últimos días el Tribunal Oral Federal 5 autorizó a Azic, detenido y a punto de ser condenado, a asistir al casamiento de esa joven.

martes, 9 de agosto de 2011

Las huellas de los partos

Reconocimiento judicial en la maternidad clandestina de Campo de Mayo

Enfermeras y médicos que trabajaron en el Hospital Militar de Campo de Mayo recorrieron el predio –algunos sitios fueron desmantelados– y contaron dónde y cómo atendieron a secuestradas embarazadas.

 Por Alejandra Dandan

Nélida Elena Balaris tenía los ojos llenos de lágrimas. A esa altura, había recorrido casi a tientas buena parte del Hospital Militar de Campo de Mayo, la antigua maternidad, la zona del quirófano donde alguna vez atendió en su rol de enfermera el parto de una secuestrada y ahora estaba entrando en la última etapa, el sector de lo que funcionó como cárcel de encausados, otro centro clandestino, ubicado a seis kilómetros del hospital, dentro del mismo predio del Ejército. Ante la mirada de los jueces del Tribunal Oral Federal 6 y una comitiva de fiscales, querellantes y defensores, avanzó hasta la enfermería de la vieja cárcel, recorrió el pasillo principal, vio las puertas, unas detrás de otras, de pequeños boxes cerrados y finalmente llegó hasta el mismo espacio donde alguna vez, hace más de treinta años, atendió de urgencia el parto de otra prisionera, haciéndose fuerte porque un cordón de soldados no querían dejarla sola. Nélida entró y salió enseguida de ese lugar. “La angustia que yo siento en ese momento –explicó–, no la siente ninguno de ustedes.”

Nélida había llegado al Hospital Militar temprano, antes que los integrantes del tribunal encabezado por María del Carmen Roqueta, que se desplazaba de Retiro al interior de la guarnición militar de Campo de Mayo para llevar adelante un reconocimiento en el lugar en el que funcionó una de las maternidades clandestinas de la dictadura. Nélida no volvía ahí desde hacía años. Había declarado ante la Conadep y luego en cada uno de los juicios, en una suerte de peregrinación que siente que no termina. “A mí me habían dicho que venía acá para atender a soldados, pero me enfrentaron con esto”, dijo en un momento mientras se acomodaba al lado de médicos y enfermeros con quienes también había dejado de verse, y ahora se reunían para entrar al túnel del tiempo.

El reconocimiento empezó por el viejo espacio de la maternidad, un pasillo largo desmantelado después de la dictadura. Luego, las habitaciones preparadas como salas de parto y el quirófano donde pasaron las secuestradas. El fiscal Martín Niklison, los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo y las defensas se hacían espacio para avanzar entre pasillos. Escaleras arriba, todos se detuvieron ante un marco casi arrancado de lo que alguien dijo que funcionó como la ventana de la nursery y ahora es un ingreso en ruinas hacia una sala de espera completamente vacía.

“Doctora, acá estaba la maternidad, ginecología y obstetricia”, dijo el director a Roqueta. La caravana avanzó por el pasillo de las habitaciones; Nely reconoció en el fondo una vieja área de cocina y enfrente el acceso a dos pequeñas salas de parto. Se detuvo ahí. Dijo que cuando el hospital cambió el turno de las guardias médicas de nacimientos de pasivas a activas, cambiaron las salas. Que entonces, la sala se instaló más cerca del quirófano que es donde se hicieron las cesáreas, en un período que coincide con el momento del golpe de Estado.

“¿Alguno de ustedes atendió acá algún parto de una detenida?”, preguntó Roqueta. Rosalinda Libertad Salguero dijo que sí. Ella es otra enfermera: “Yo sí –explicó–, pero no me acuerdo dónde, señora”.

Poco más tarde, la comisión entró en la zona del quirófano. Nely atendió ahí el parto de una secuestrada, la habían llamado de urgencia y en una audiencia dijo que aquella mujer tenía el pelo canoso, que no era la primera vez que tenía hijos, que lo que más le llamó la atención fue su completo silencio.

Al cabo de unos minutos, el grupo estaba nuevamente afuera, en una de las calles del interior de hospital. Los jueces caminaron un trecho al lado de Ernesto Petro-cchi, un viejo médico que en el juicio confirmó que las secuestradas embarazadas parecían una “estrella fugaz”, porque entraban y salían del hospital donde les aceleraban el parto con goteo y cesárea. Por ahí también estaba José Soria, uno de los enfermeros. En ese momento, la comitiva descifró entre lo nuevo y lo viejo la estructura casi en ruinas del pabellón de Infectología. Soria buscó uno de los cuartos. Atravesó el piso sin puertas, avanzó hasta una de las ventanas. Y ahí dijo que las ventanas en su época estaban tapiadas, que los cuartos tampoco tenían otro tipo de luz porque los cables estaban eliminados, que las parturientas, entonces, quedaban todo el tiempo a oscuras, excepto cuando ellos, quienes las atendían, entraban en algún momento por la puerta.

“¿Usted dijo que tampoco tenían colchones?”, preguntó Mariano Gaitán, de Abuelas. “Las camas tenían elásticos, tenían un cubre elástico, era lo único que tenían porque no había sábanas ni frazadas, sólo tenían un camisolín blanco.” “Yo habré visto a seis o siete en total”, dijo él. Una vez, vio tres mujeres y un varón, el chico estaba con una herida de bala en las rodillas.

Soria siguió parado en ese lugar en el que años atrás entraba y salía haciendo curaciones o con la comida. Donde encontró una vez sobre la mesa de luz y escrita con migas de pan la palabra “gracias”. Y otra vez encontró migas de pan formando algo parecido a un número de teléfono. “Son cosas que no me lo olvido más”, dijo. “¿Y qué podía hacer yo? Tenía a los guardias respirando atrás mío.” Recordó las dos veces que sacó a secuestradas después del parto. Casi inmediatamente. Primero con una. “Yo la saqué de la mano –dijo–, se las llevaba de la mano porque tenían anteojos oscuros, la llevaba hasta afuera, a la calle, la subí a un Renault 12, ella tenía que subir adelante y a mí me decían que suba en la parte de atrás. Yo tenía que llevarlos hasta la salida de la guarnición, bajaba del coche y volvía.”

El recorrido terminó más tarde en el Campito, el lugar que funcionó como centro clandestino. El coronel que guió la exploración dijo que Campo de Mayo tiene la forma de un trapecio, que hay que entender que ahora, en ese Campito, todos estaban justo en el centro. En las manos, para observar el terreno, el hombre llevaba un mapa dibujado hace muchos años por el sobreviviente Cacho Scarpati.

lunes, 8 de agosto de 2011

La nieta 105 se llama : LAURA REINHOLD SIVER

Fue Laura la que se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo.  

Las Abuelas de Plaza de Mayo brindaron detalles sobre una nueva restitución llevada a cabo por la entidad, que ya había sido anunciada el viernes. Se trata de Laura Reinhold Siver, hija de Marcelo Reinhold y de Susana Siver,  matrimonio secuestrado en agosto de 1977 en el oeste bonaerense y llevado a la ESMA. Estela de Carlotto destacó "la cooperación entre nuestra organización, los sobrevivientes de los centros clandestinos y el Estado".
 
Susana fue secuestrada por fuerzas de seguridad el 14 de agosto de 1977, en Haedo (Provincia de Buenos Aires). Marcelo fue secuestrado el mismo día en Capital Federal. Susana estaba embarazada de 4 meses. Marcelo fue visto en el CCD Esma, el 1 de noviembre de 1977.

Pudo saberse por personas que compartieron su cautiverio, que Susana es atendida en la ESMA por el Jefe del Servicio de Ginecología del Hospital Naval ­Jorge Luis Magnacco­ quien determina la necesidad de que se le practique una cesárea que no puede efectuarse en dicho lugar, por lo cual es llevada en Enero de 1978 al Hospital Naval, donde se le practica el parto.

A las pocas horas de nacer su hija es llevada nuevamente a la ESMA y 10 días despues es "trasladada". Durante el tiempo en el que el Doctor Magnacco está de vacaciones, Susana es atendida por un médico llevado a la ESMA a tal fín, que responde a la identidad de Teniente de Navio Raúl Scheller, nacido el 7 de julio de 1945 con DNI argentino 4.642.837.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Victoria Donda declaró en el juicio por el robo de bebés

“No sé cuál es el día de mi cumpleaños”

Es hija de María Hilda Pérez y José María Laureano Donda, ambos desaparecidos. Victoria Donda fue entregada por su tío Adolfo Miguel Donda, jefe de la ESMA, a su apropiador, Azic. “Celebro este juicio”, destacó ante el tribunal.

 Por Alejandra Dandan

Quizás en un momento hacía falta decirlo con esas palabras. “Yo entiendo todas las preguntas que me hacen para encontrar el contexto en el que cada uno vive su infancia –dijo Victoria Donda ante la sala de audiencias, en los Tribunales de Retiro–. Mi infancia no puedo decir que no haya sido normal; me mintieron, pero pude elegir mi camino en la vida, pero eso no es el objeto de este juicio. No estamos juzgando si nos criaron con amor, yo sentí amor y siento amor, pero acá estamos juzgando otra cosa: el plan sistemático con el que se apropiaron de niñas y niños que nacimos en las detenciones clandestinas de nuestros padres. Eso estamos juzgando. El contexto puede ser objeto de otro tipo de reproche penal.”

Como lo son los testimonios de cada uno de los hijos robados por la última dictadura argentina, la voz de Victoria Donda sumergió a la sala de audiencias otra vez en el camino inencastrable de una identidad construida entre los dos lados del mundo. Pese a eso, a los intentos de explicar –a partir de las preguntas de los defensores de su apropiador, José Antonio Azic– cómo es que él la acompañó a algunos trabajos sociales dentro del barrio donde inició su militancia territorial. Cómo discutió. Cómo compró sillas para uno de los comedores. Cómo su apropiadora hizo tortas para los cumpleaños de los pibes de la villa. O cómo el hermano de su padre –el represor Adolfo Miguel Donda– hizo para estar en la Escuela Mecánica de la Armada asistiendo al secuestro de sus padres. Pese a todo eso, Victoria intentó más de una vez hacer eje en lo específico: “No estamos juzgando acá casos individuales –repitió al final–, porque a unos nos trataron bien y a otros mal, pero la verdad es que lo que hicieron tiene que ser juzgado, así que celebro este juicio”.

Hacia el final, Victoria pronunció como lo había hecho antes el nombre de sus padres biológicos. “Estoy orgullosa de ser hija de María Hilda Pérez, que era petisa, le decían Cori y militaba en Montoneros, y de mi papá, José María Laureano Donda, que le decían Pato y era muy alto. Hasta 2006 me alcanzaba con eso, no quería conocerlos más porque cuando uno conoce a alguien lo extraña y yo pensaba que si me concentraba en la vida y la militancia no iba a necesitar conocerlos. Después me entero de que mi abuela Leontina Puebla tenía Alzheimer y si quería conocer cómo era mi mamá de chiquita, tenía que apurarme a verla, porque a mis familiares paternos todavía no los veía y a Donda lo único que le preguntaría no es cómo eran, sino dónde están mi mamá y mi papá”.
“Mi nombre es Victoria”

Victoria empezó de algún modo su declaración con las preguntas siempre protocolares del Tribunal.

–¿Jura o promete decir la verdad? –le preguntó la jueza María Roqueta.

–Prometo –dijo Victoria, y la jueza preguntó su nombre y la fecha de nacimiento. “La fecha de nacimiento es eh... 1977.... eso es lo que dice el documento, 17 de septiembre de 1977, pero no sé cuál es el día verdadero.”

–Con respecto a los acusados, ¿tiene algún vínculo de parentesco, pleito o deuda pendiente?

–Con respecto a uno de ellos, no tengo vínculo de parentesco biológico, pero sí personal.

–¿Con quién? –preguntó Roqueta.

–Con Azic.

El prefecto Juan Antonio Azic robó a dos niñas. Victoria creció convencida de que quien ahora es Carla Valeria Dameri era su hermana. Niklison le preguntó al comienzo desde cuándo sabe que es quien es. “Desde el 8 de octubre de 2004 –dijo Victoria–. Cuando el juez Oyarbide me leyó el resultado del análisis de ADN que se llevó adelante en el Banco de Datos Genéticos del Hospital Durand. El proceso en realidad empezó antes de que yo me enterara de que era hija de desaparecidos, por una investigación que había llevado adelante la comisión Hermanos de Hijos y Abuelas, a partir de denuncias anónimas de vecinos del lugar donde me habían criado.”

Con su identidad, supo que el hermano mayor de su padre, a quien su padre admiraba, por el que entró al Liceo Militar, al que convirtió en testigo de casamiento, era uno de los jefes de tareas de la ESMA y que estuvo “cuando a mi mamá la llevan para tenerme”. Victoria no quiso conocerlo. Supo que tenía una hermana dos años más grande. Que con las leyes de impunidad en vigencia, Donda logró sacarle a su abuela la tenencia de esa hermana, Eva Daniela Donda. También habló con su abuela Leontina, que por lo de la tenencia a fines de los ’80 se había ido a Toronto. Victoria viajó a conocerla en abril de 2006. “Nos vimos como abuela y nieta. Al principio fue medio raro, pero cuando me abrazó sentí que era mi abuela. Me hizo sopa de verduras los quince días que estuve en Toronto, y me di cuenta ahí de que era bastante obsesiva y teníamos cosas en común.”

El abogado de Abuelas Luciano Hazan le pidió que explicara qué significó para ella, personalmente, recuperar su identidad. “La identidad para mí se construye todos los días –dijo ella–. Yo recuperé la identidad biológica, creo que nadie puede vivir sin saber de dónde viene.”

La vida de Victoria empezó a cambiar en las asambleas barriales en la crisis de 2001. Una vez levantó la mano para anotarse en la lista de oradores. Un vecino que había militado en el PC y la había visto de chica al lado de Azic, les dijo a sus responsables políticos que ella podía ser “un servicio” o “podía ser hija de desaparecidos”. En 2003, después de la investigación que empezaron así sus compañeros, a sus 18 años, lo primero que supo fue que la persona que la crió era un represor que había estado en la ESMA. “Y por el gran afecto que le tenía y le sigo temiendo, pensé que iba a tener que dejar de militar porque... –se detuvo– sentía que era una contradicción ese afecto con mi práctica política y práctica de vida.” Cuando empezó a ver papeles, el domicilio de un hospital que no existía, el nombre de un médico que había firmado otras actas de niños apropiados, “me di cuenta de cosas que me habían pasado y eran raras”. Nunca, por ejemplo, había hecho la renovación del DNI en un registro civil. Había leído el Nunca Más, pero nunca se dio cuenta de que figuraba su apellido. Se dio cuenta de que no tenía fotos de recién nacida. Reconstruyó que Héctor Febres, a quien de chica veía y llamaba “padrino”, alguna vez cuando ella leía el libro del Che Guevara y decía que era “guevarista”, y se empezaba a vestir como el Che, dejó de decirle “turquita”, le dijo “zurdita”. Y murmuró: “Hay algunas cosas que no tienen arreglo”.

Tampoco había preguntado dónde había nacido. Y cuando lo hizo, de chica, su apropiadora, que ahora está muerta, le dijo que “era un regalo de Dios”.
La búsqueda

A la madre de Victoria la secuestraron cuando estaba con un embarazo de cinco meses. Se la llevaron de la Plaza de Morón. Ella intentó escaparse, se le rompió un taco y volvieron a agarrarla. Dos horas después, su padre, en esa plaza, encontró los zapatos de Hilda. A él lo secuestraron dos meses después. Estuvieron en la comisaría de Castelar, y a ella luego se la llevaron a la ESMA. Hilda supo que ahí también estaba Donda. Victoria supo que por eso recibió algo que llamó “beneficios” entre comillas. Una mandarina de más o grilletes con los que podía caminar. A pedido suyo, Donda se comprometió a entregar el bebé a la abuela Leontina. Hilda dio a luz en el cuarto de embarazadas, no quiso ser asistida por el médico. José Luis Magnacco sólo entró a cortar el cordón umbilical. Como su madre y las compañeras temían que la mandaran a un orfanato, le punzaron la oreja con una aguja para enhebrar un hilo azul.

Victoria subrayó otras dos cosas. La primera, que no entendía cómo Donda no está siendo juzgado en esta causa por su caso, porque su acusación todavía está en la primera instancia. Y explicó lo de su cumpleaños. “La verdad es que no voy a seguir festejando el día que no nací –dijo–. Tienen 365 días del año para regalarme cosas.”

martes, 2 de agosto de 2011

El testimonio de Miriam Lewin en el juicio por el plan de apropiación de bebés

“La ESMA era una verdadera maternidad”

La periodista Miriam Lewin, que estuvo secuestrada en el centro clandestino de la Marina, contó cómo funcionaba la enfermería y cómo actuaban los represores con las embarazadas para quedarse con los bebés.

 Por Alejandra Dandan

Miriam Lewin habló de la enfermería en la Escuela Mecánica de la Armada, del parto de Patricia Roisinblit, de cómo cubrieron al bebé con una frazada y lo pusieron sobre el pecho de su madre. Dijo que todavía cree que las dos compañeras que la atendieron asistieron más de quince partos ahí. Explicó cómo el represor Héctor Febres pedía a las parturientas cartas con indicaciones y consejos, convenciéndolas de que los niños iban a ser entregados a las familias. “Treinta años después –dijo Lewin– todavía me reprocho cómo no nos dábamos cuenta de que se iban a quedar con los bebés. Si se quedaban con las casas, las vidas, con nuestros cuerpos, quedarse con nuestros bebés era algo natural para ellos, pero, para nosotros, pensarlo era algo monstruoso. A ninguna se le hubiese pasado por la cabeza que un ser humano quisiera hacer tanto mal a otro al punto de quedarse con su hijo. Yo no lo podía concebir.”

Lewin dejó de hablar en ese momento. La jueza María del Carmen Roqueta, a cargo del Tribunal Oral Federal 6, llamó a un cuarto intermedio. Sobreviviente pero a la vez testigo e investigadora del terrorismo de Estado, Lewin reconstruyó durante cuatro horas los días en el centro de extermino y, especialmente, el destino de las embarazadas. Su testimonio hizo eje esta vez en el robo de bebés y abrió un nuevo tramo del juicio por el plan sistemático de robo de niños durante la dictadura, que a partir de ahora ingresa en la ESMA, donde funcionó una de las maternidades clandestinas. La declaración entró en tensión cuando el abogado defensor del represor Jorge Acosta la acosó a preguntas, lentas y dispersas. “Esto es un juicio oral –le recordó la jueza–, intente ser ágil con las preguntas, doctor, y si necesita ayuda, tráigase un asistente.”

A Lewin la secuestraron en mayo de 1977, a los 19 años. Pasó por lo que cree era la comisaría 44ª y luego por una casa en la calle Virrey Ceballos, de la Fuerza Aérea, donde estuvo diez meses. “Hasta que un día me dijeron que me iban a trasladar a un centro de recuperación, no me dijeron la ESMA, me dijeron que iba a estar un tiempo, que iba a mantener contacto con mi familia y después iba a ir a una cárcel para cumplir una condena.”

Llegó a la ESMA en el baúl de un coche. Su caso estuvo a cargo del prefecto Raúl Scheller como oficial interrogador. Al comienzo, la alojaron en Capucha. “En un momento, en el que yo estaba ahí, comiendo sandwiches de carne mal oliente y tazones de mate cocido, pido ir al baño y cuando me levanto un poco el antifaz para no caerme veo, para mi sorpresa, en el pasillo que conducía al baño, a una chica con un bebé en brazos.”

Con el tiempo supo que era Alicia Elena Alfonsín de Cabandié. “Era bajita, tenía el pelo entre castaño y rubio, la piel blanca, muy bonita, los pechos hinchados y el vientre hinchado como quien dio a luz hace muy poco. Su bebé estaba recién nacido –dijo– y ella tenía un camisón azul largo. La escena me chocó, me parecía discordante en el entorno. Ella estaba como enseñándoles con alegría el bebé a otras mujeres.” Un poco más atrás estaba otra chica, morena, pelo largo, más delgada, con un pañuelo en la cabeza. También estaba embarazada. Años más tarde, Lewin supo que era Liliana Pereyra.

Sólo algunas prisioneras tenían un permiso “no escrito” para acompañar a las embarazadas, explicó. Una era Elisa Tokar; otra, Sara de Osatinsky, encargada de acompañar los partos, partos que Lewin hoy enumera en más de quince. Y también estaba Amalia Larralde, enfermera. “Sabíamos que el responsable era el prefecto Febres, el Gordo Selva, entraba y salía con mucha frecuencia del cuarto de embarazadas.” Ese cuarto estaba camino al Pañol, con la puerta generalmente cerrada. Lewin la vio entreabierta una vez y, adentro, camitas y una cómoda. “Por las compañeras que tenían autorización para acompañarlas –le dijo al fiscal Martín Niklison– sabíamos que los bebés los iban a entregar a las familias mientras ellas permanecían secuestradas.” Con el tiempo, “nos fuimos dando cuenta de que la ESMA era una verdadera maternidad donde se concentraban mujeres de distintos centros clandestinos que no tenían facilidad de albergar embarazadas o de llevar adelante el parto”.

En noviembre de 1978 llegó a la ESMA Patricia Roisinblit. Lewin la conocía como Mariana, la mujer de Matías, es decir, de José Manuel Pérez Rojo, con quienes había militado en el oeste del conurbano. Tenían una hija de más de un año y ahora Patricia estaba otra vez embarazada. Los marinos la pusieron en el tercer piso, en un cuarto sin ventilación ni luz natural. “Yo estaba autorizada para hablar con ella y acompañarla –dijo Lewin–, así que pasaba a verla. Le daban refuerzo de comida, uno o dos sachets de leche al día.”

Patricia estaba convencida de que su hija había quedado con sus padres, de que había estado secuestrada con Matías en una especie de quinta en el oeste, donde había quedado su marido. Lewin intentó convencerla de que para salvarse debía quedarse en la ESMA y también habló con Scheller. Pero el prefecto le recordó algo que explica por qué la ESMA era para algunas de las parturientas un lugar de paso: “Nos dijo que no podía hacer nada –contó Lewin–, porque tanto ella como el bebé pertenecían a la Fuerza Aérea”.

Un día le dijeron que Patricia estaba dando a luz y la llevaron al sótano: “Abro la puerta de la enfermería, la veo, le estaban cortando el cordón umbilical y estaban envolviendo al bebito y colocándoselo en el pecho. Era un varón. Estaban Sara y Amalia y había un médico que después identifiqué como Magnacco”. Lewin siguió: “Patricia estaba feliz, creo que nunca se imaginó lo que iba a pasar. Y dijo que se llamara Rodolfo... Rodolfo le puso. El médico le dijo que se había portado muy bien y había sido muy valiente. Nos quedamos mirando el bebé, era lindo... rubiecito, calculo que pesaría más de tres kilos. Y después no la vi más”.